Los vínculos de los abogados con la IA suelen atravesar tres fases muy predecibles. Primero, la curiosidad: la misma sensación de cualquier persona que usó ChatGPT en noviembre de 2022 por primera vez y sintió ser parte de un truco de magia. Después, el asombro de quien siente que el futuro se le derrumba encima: la máquina redacta en segundos un borrador decoroso de un contrato de arrendamiento, resume con muy afilado criterio una sentencia de 600 páginas, traduce con rigor un memorando al inglés en segundos. Y, al final, la decepción: un día le pide a la IA jurisprudencia específica sobre algún tema complejo y la máquina, con la seguridad imperturbable de un estafador profesional, le inventa tres o cuatro sentencias que jamás existieron. "Esto es más hype que otra cosa", se dice con resignación.
El primer error de muchos abogados con la IA fue creerle demasiado pronto. El segundo error fue dejar de usarla demasiado pronto. Muchos concluyeron que todo esto es un juguete peligroso y marginalmente útil, dejaron de experimentar con él y volvieron a lo suyo, reconfortados por la sospecha de que su profesión, hecha de matices y de criterio, es inmune a la automatización.
Esa concepción era comprensible en 2023, que en el calendario de Silicon Valley equivale a medio siglo atrás. Hoy, probablemente, es el error estratégico más caro que puede cometer un profesional del derecho: mientras buena parte de la profesión sigue discutiendo si la IA se equivoca mucho y alucina con frecuencia, la IA cambió de naturaleza.
La IA dejó de ser una máquina que contesta para convertirse en una máquina que hace. Y esa diferencia, que parece un matiz semántico, es en realidad la frontera entre una curiosidad tecnológica potencialmente útil y la mayor transformación del trabajo jurídico desde que alguien, posiblemente en Mesopotamia, decidió que el conocimiento legal tenía que condensarse en códigos escritos.
El oficio del abogado sigue siendo en cierta medida insustituible, sí, pero lo insustituible no lo blinda de los cambios drásticos que se vienen en cada organización.
La IA ya no espera tu próxima pregunta
Conviene empezar por lo básico, porque aquí los nombres importan. Lo que millones de personas conocieron con ChatGPT era, y sigue siendo, un chat: tú preguntas, él responde, tú vuelves a preguntar. Un partido de tenis en el que nada ocurre si tú no golpeas la pelota. Por más brillante que sea la respuesta, el sistema era esencialmente reactivo: un bibliotecario genial, con múltiples recursos intelectuales a su disposición, pero que no produce ninguna sombra en el mundo real por fuera de los anaqueles de su biblioteca digital.
Un agente de IA es otra cosa. A un agente no le haces una pregunta: le encargas un objetivo. Él descompone ese objetivo en pasos, decide qué herramientas necesita (navegar la web, abrir documentos, escribir archivos, ejecutar código, comparar versiones), ejecuta cada paso, verifica los resultados, corrige el rumbo cuando algo falla y vuelve un rato después con el trabajo terminado. Mientras tanto, tú estás en otra cosa: en una audiencia, con un cliente, cenando.
La diferencia entre el chat y el agente es la diferencia entre un oráculo y un practicante con llaves de la oficina. Al oráculo le sacas frases colmadas de la dudosa sabiduría acumulada en Internet; al practicante le delegas trabajo que antes te consumía mucho tiempo.
Quien mejor ha documentado este salto es Ethan Mollick, profesor de Wharton y uno de los observadores mejor informados sobre el impacto de la IA en el trabajo. En septiembre de 2025, escribió que los sistemas de IA habían cruzado "silenciosamente" un umbral: ya podían ejecutar trabajo real, económicamente relevante. Citaba una evaluación de OpenAI en la que expertos con catorce años de experiencia promedio, abogados incluidos, diseñaron tareas reales de entre cuatro y siete horas de duración, y compararon sus resultados con los de la máquina. Ganaron los humanos, sí. Pero por poco. Y eso fue unos meses atrás. Es decir, hace mucho tiempo.
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El sector legal, lejos de la fama que tiene de ser refractario al cambio, no mira los toros desde la barrera. Harvey, la plataforma adoptada por buena parte de las firmas de élite estadounidenses, ya construye y evalúa agentes especializados en tareas jurídicas completas. Thomson Reuters rediseñó CoCounsel alrededor de capacidades agénticas, que incluyen la revisión masiva de hasta 10.000 documentos y la planificación autónoma de flujos de trabajo. Y Clio, que en noviembre de 2025 completó la compra de vLex por mil millones de dólares, integró Vincent AI, un sistema que no se limita a responder preguntas jurídicas: analiza expedientes, pone a prueba teorías del caso y se adapta a los flujos de cada firma, apoyado en una de las bases de datos legales más completas del mundo y de Latinoamérica.
Lo que está en juego no es la velocidad con las que se evacuan tareas específicas, sino la arquitectura entera de la profesión, lo que hace un abogado día tras día. Durante un siglo, el trabajo jurídico se organizó como una pirámide: en la base, asociados que revisan documentos, buscan jurisprudencia y arman borradores; en la cima, socios que piensan, deciden y firman. La IA agéntica no compite con la cima, pero sí devora la base.
Y, de paso, pone en cuestión la unidad económica sobre la que se construyó todo el edificio, la hora facturable, porque resulta difícil cobrar horas por algo que un agente bien dirigido resuelve en minutos. Quien solo ha usado el chat gratuito para redactar correos tiene una concepción de la IA comparable a la de quién juzga al océano por el vaso de agua de mar que tiene en la mano.
Hay múltiples aspectos de esta revolución tecnológica que son objeto de debate, y el nuevo boletín de IA de LexLatin será uno de los escenarios para analizarlos a fondo. Por ahora, sólo vamos a discutir por qué la transformación tecnológica más grande de lo que va del siglo no fue cuando se lanzó el ChatGPT. Fue hace muy pocos meses, cuando la IA dejo de contestar y pasó a ejecutar.
La frontera dentada (o por qué tanta gente sigue mirando hacia otro lado)
Si esto es tan grande, ¿por qué la mayoría de los abogados sigue actuando como si no pasara nada? La respuesta corta es que la resistencia tiene razones, y conviene tomárselas en serio en lugar de despacharlas con sermones predecibles sobre el valor de la innovación.
La primera razón es que la IA es, en el sentido más literal, rara. Hace fácil lo más complejo para luego enredarse fácilmente en lo que nunca fue complejo. Mollick y un equipo de investigadores de Harvard, MIT y Warwick lo demostraron en un experimento célebre con 758 consultores de Boston Consulting Group. Los que usaron IA completaron más tareas, un 25% más rápido y con una calidad en un 40% superior. Pero el hallazgo más importante fue otro: las capacidades de la IA no avanzan en línea recta sino que forman lo que los autores bautizaron como una frontera dentada (jagged frontier), una muralla con torres y huecos imprevisibles.
La máquina hace de manera sobrehumana cosas que parecen difíciles (redactar, sintetizar, estructurar argumentos) y fracasa de manera a veces jocosa, y otras veces exasperante, en cosas que parecen elementales. De hecho, los consultores que le delegaron a ciegas tareas situadas fuera de la frontera obtuvieron resultados peores que quienes no usaron IA en absoluto.
Esa rareza explica buena parte del desencanto que registran las encuestas. El barómetro global de ManpowerGroup del año pasado encontró que en 2025 el uso regular de IA entre casi 14.000 trabajadores de 19 países creció 13 %, al mismo tiempo que la confianza en la tecnología cayó 18 %. No hay duda de que la adopción corre más rápido que la formación. Y otro dato retrata mejor que ninguno el clima emocional de las oficinas: un tercio de los empleados esconde a sus jefes que usa IA, algunos por miedo, otros porque prefieren guardarse la ventaja secreta. La tecnología más transformadora de la década se usa hoy, en buena medida, de contrabando.
El mundo legal no es ni podría ser la excepción. Una firma es una organización humana, y enfrenta desafíos similares a los de cualquier otra empresa, aunque con muchos matices. El Future of Professionals Report 2025 de Thomson Reuters encontró que el 80 % de los profesionales de firmas espera que la IA transforme su industria, pero apenas el 22 % trabaja en una organización con una estrategia visible de IA. Estrategia, dicho sea de paso, que permite que sea 3,5 veces más probable que haya un retorno a la inversión.
El Legal Trends Report 2025 de Clio agrega dos cifras que le quitan el sueño a más de un socio director: hasta el 74 % de las tareas facturables por hora son automatizables con la tecnología actual, y más de la mitad de los profesionales legales trabaja en firmas que no tienen política de uso de IA ni un manifiesto explícito al respecto. Es decir: la mayoría de las firmas, cuyo negocio depende de la norma escrita, enfrenta la mayor disrupción de su historia sin una sola página escrita al respecto.
América Latina añade sus propias particularidades. Los testimonios que se pueden recoger hasta el momento de firmas a lo largo de la región revelan que el uso de herramientas de IA ha crecido vertiginosamente y, curiosamente, que la mayoría de los abogados aún usa herramientas genéricas, no soluciones jurídicas especializadas. Las barreras usuales (falta de capacitación, costos, ciberseguridad) se repiten en toda la región, donde estudios sobre gerencias legales muestran niveles de adopción todavía minoritarios.
El patrón latinoamericano es reconocible: socios que delegan "lo de la IA" al departamento de sistemas o al asociado más joven, capacitación contabilizada como gasto y no como inversión, y culturas jerárquicas donde equivocarse sale carísimo, lo que convierte cada experimento en un riesgo reputacional. Es menos un problema técnico y más un problema de liderazgo. A escala global, apenas el 7,5% de los empleados ha recibido formación extensa en IA, y no hay razones para creer que nuestras firmas estén por encima de ese promedio.
Queda la razón más visceral: el miedo nada irracional a las alucinaciones, alimentado por una crónica judicial cada vez más nutrida. La base de datos de Damien Charlotin, investigador de HEC París, ya documenta más de 1.600 decisiones y actuaciones judiciales vinculadas con contenido legal inventado por IA, y crece a razón de varios por día. En febrero de 2026, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias multó a un abogado que citó 48 sentencias falsas sugeridas por un chatbot. Pero se pasa por alto con frecuencia lo que estos casos tienen en común: ninguno es la historia de un abogado que usó bien una herramienta no para que lo sustituya sino para que aumente la calidad de lo que hace. Son historias de profesionales que usaron la IA como turistas, sin verificar, sin entender los riesgos, y firmaron lo que no habían leído. La lección no es que la IA sea inutilizable. La lección es que ya no es opcional aprender a usarla como profesional.
Miniguía: los primeros pasos para sacarle provecho a la IA agéntica si ejerces el derecho en América Latina
Lo que sigue es una hoja de ruta inicial para que, en forma individual, aprendas a entender un poco más sobre el potencial actual de estas herramientas. Es el entrenamiento inicial para que estés en forma cuando en tu firma u organización te involucren de lleno en el proceso de formación e implementación de IA a nivel corporativo. Son siete pasos. Ninguno requiere saber programar, pero sí demandan algo que, tal vez, es aún más difícil en la práctica: la voluntad de sentirse un novato, de no tener las respuestas, de querer aprender algo nuevo.
1. Paga la mejor herramienta y úsala todos los días. El abogado promedio juzga la IA por la versión gratuita que probó hace dos años, que es como juzgar la aviación comercial por un vuelo en parapente. Suscríbete a la versión de pago de al menos uno de los sistemas de frontera (ChatGPT o Claude), explora sus capacidades agénticas disponibles en el plan, como investigación profunda, agentes de escritorio o automatización de flujos, y acostúmbrate a usar sus modelos de razonamiento, los que "piensan" antes de responder. Cuestan unos veinte dólares al mes: pocas inversiones profesionales rinden tanto por tan poco. Y úsala a diario, en asuntos reales que no requieran un voto de confidencialidad, porque la competencia en IA no se adquiere leyendo sobre IA, igual que nadie aprendió a litigar leyendo manuales de litigio o a jugar tenis viendo tutoriales de tenis en youtube.
2. Estrena tu primer agente: la investigación profunda. Las tres plataformas mencionadas incluyen una función de investigación profunda (Deep Research) que es, para la mayoría, la puerta de entrada al mundo agéntico: le encargas una pregunta compleja ("compara el tratamiento regulatorio de las fintech en México, Colombia y Chile, con énfasis en licencias y sanciones recientes") y el agente navega decenas o cientos de fuentes durante diez o veinte minutos y vuelve con un informe estructurado y con citas verificables. No reemplaza la verificación en fuentes oficiales, pero convierte el primer borrador de cualquier investigación, esa etapa que devoraba tardes enteras, en un punto de partida que llega solo.
3. Aprende a delegar como se delega en un junior brillante, pero sin experiencia. La habilidad central de la era agéntica no es técnica sino gerencial. A un agente, como a un practicante, hay que darle contexto (quién es el cliente, qué está en juego, qué jurisdicción), criterios (qué formato, qué tono, qué extensión, qué fuentes son aceptables) y ejemplos de trabajos anteriores bien hechos. Y hay que revisar todo, con una regla que conviene tatuarse: lo que no se verifica no se firma. La responsabilidad profesional no se delega, y el criterio humano es irrenunciable. La ventaja es que las habilidades que esta tecnología premia, como delegar bien, supervisar con criterio o hacer buenas preguntas, son exactamente las que siempre distinguieron a los mejores socios.
4. Trata la confidencialidad como lo que eres: un abogado. Nada de datos de clientes en versiones gratuitas. Usa cuentas empresariales o de equipo, que por contrato no entrenan sus modelos con tus datos; desactiva el entrenamiento donde sea configurable; trabaja con hechos sin mencionar nombres. Y, si está en tus manos, contribuye a dejar todo eso escrito en una política interna, opción infinitamente mejor que el vacío normativo en el que hoy opera más de la mitad de la profesión.
5. Haz un mapa inicial de tu realidad profesional. Haz un inventario honesto de tu semana: revisión de contratos, búsqueda de jurisprudencia, respuestas a clientes, escritos, traducciones, informes de avance, cobranza. Luego experimenta tarea por tarea, y lleva una bitácora de dos columnas: dónde la IA te asombró y dónde falló. En unas semanas tendrás algo que ningún consultor puede venderte: cómo la IA impacta en tu trabajo y en tu vida. El estudio de BCG describía dos formas de trabajar con ese mapa: el centauro, que divide el trabajo (esto lo hago yo, esto lo delego), y el cíborg, que entrelaza a la máquina en cada etapa. No importa qué estilo te salga más fácil; importa que la división sea deliberada y no por inercia.
6. Pasa del chat al flujo. Aquí es donde la ventaja se vuelve estructural. Identifica un proceso completo de tu práctica que sea dispendioso, repetitivo y medible (el primer borrador del paquete contractual de siempre, la admisión de nuevos clientes, etc.) y rediséñalo con un agente de los que provee tu firma u organización. Para esto ya existen herramientas jurídicas especializadas que operan en español y con derecho de la región: Vincent AI de vLex y soluciones nacidas en América Latina entrenadas con normativa local, como las que reseña el ecosistema legaltech regional. Empieza con un solo proceso, mide horas antes y después, y deja que sea el resultado el que haga el proselitismo por ti.
7. Lidera, aunque no seas el socio director. Si algo enseñan los datos de Thomson Reuters es que la diferencia entre las firmas que ya ven retorno a la inversión y las que no, no es el presupuesto: es tener una estrategia y personas que la empujen, conocidas usualmente como campeones. Propón una hora semanal de laboratorio donde el equipo comparta experimentos, aciertos y fracasos sin esperar castigos o reprimendas por los errores. También es útil armar un repositorio interno de instrucciones que sí funcionaron. Y si diriges una firma, entiende que cada mes sin capacitar a tu gente la estás empujando al contrabando: ya sabemos que un tercio de los profesionales usa estas herramientas a escondidas.
Hay, por último, una razón muy latinoamericana para el optimismo. Durante décadas, la brecha entre nuestras firmas y las grandes firmas globales fue, en buena medida, una brecha de capital: bases de datos carísimas, ejércitos de asociados, infraestructura inalcanzable. La IA agéntica es la primera tecnología jurídica de la historia que habla un español impecable y trabaja de noche sin cobrar horas extra. Un abogado independiente en Quito o en Asunción puede tener hoy, bien configurado, el equipo de investigación que hace cinco años era privilegio de un piso entero en Manhattan. La brecha que queda ya no es de capital: es de curiosidad.
La pregunta ya no es si la IA reemplazará abogados. Esa discusión envejeció mal. La pregunta es quién aprenderá primero a dirigirla con método, controles, criterio profesional y mucha, mucha persistencia.
El cliché también dice que un abogado no será reemplazado por IA, sino por otro abogado que la use. La versión actual es más dura: será reemplazado por alguien que sepa no solo usarla sino sistematizarla en cada uno de los procesos en los que participa. No saca provecho quien conversa mejor con una máquina, sino quien aprende a delegarle trabajo, exigirle fuentes, controla sus errores y mide resultados. En el derecho latinoamericano, esa diferencia puede separar a las firmas que ganan escala de las que solo ganan ansiedad por el futuro. Porque el futuro ya llegó: como dijo William Gibson, lo que pasa es que está aquí, pero está desigualmente distribuido.
No podemos elegir qué tipo de futuro nos gusta más, pero sí en donde queremos estar en la distribución del futuro que ya llegó.
*Juan Carlos Morris es abogado, divulgador en ciencia y tecnología y especialista certificado en IA. Actualmente es Director de Publicación de LexLatin






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