En el mundo de las fusiones y adquisiciones se usan muchos anglicismos y me disculpo de antemano por usarlos. Hay términos que suenan a jerga técnica y otros que parecen sacados de una película del viejo oeste. Gun-jumping y hell or high water pertenecen a esta segunda categoría. Pero detrás de su tono descomplicado, se esconden dos de las reglas más serias y costosas del juego del derecho a la competencia o antitrust.
Empecemos por la pista de atletismo. A inicios del siglo XX, las carreras arrancaban con un disparo. Si un corredor salía antes, o jumped the gun, se adelantó, rompió la regla básica y arruinó la competencia. La expresión sobrevivió al deporte y hoy describe cualquier acto prematuro. En M&A, esa premura tiene nombre propio: completar o cerrar una operación antes de obtener la aprobación de la autoridad de competencia.
Pero el gun-jumping no siempre es tan evidente como cruzar la meta antes de tiempo. También puede aparecer cuando el comprador actúa como dueño antes del cierre: veta decisiones clave y termina por controlar sus decisiones de negocios, influye en precios o estrategias, o accede a información sensible del competidor sin las debidas barreras. Es un juego peligroso porque lo que parece protección del negocio puede convertirse en evidencia de control prematuro e integración sin la autorización del regulador. Y las autoridades, cada vez más atentas, pueden imponer multas millonarias e incluso ordenar la reversión de la transacción.
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Dejemos la pista de atletismo y vámonos al lejano oeste, donde un grupo de vaqueros cruzan un río desbordado, sin importar si viene una inundación o el infierno, avanzan igual. De ahí nace la expresión come hell or high water.
La cláusula hell or high water es, en esencia, una promesa sin escapatoria y su pacto dependerá del poder de negociación de cada una de las partes.
El comprador se obliga a hacer todo lo necesario para obtener las aprobaciones regulatorias: vender activos, aceptar condiciones impuestas por la autoridad como remedios conductuales e incluso litigar si hace falta. No hay excusas válidas. Es el equivalente contractual a decir: “Esta transacción se cierra, pase lo que pase”. Y, como es de esperarse, es música para los oídos del vendedor, que traslada prácticamente todo el riesgo regulatorio a la otra parte.
Entre estos dos extremos —la prohibición de adelantarse y la obligación de avanzar a cualquier costo— se juega buena parte del equilibrio en una transacción. No es casualidad que las negociaciones más intensas de un contrato de compraventa de acciones o SPA giren alrededor de estos temas.
Por eso, en el M&A moderno, donde la presión del regulador crece, la clave no está en evitar estas cláusulas, sino en entenderlas y usarlas con precisión. Involucrar al abogado de competencia desde el inicio, diseñar protocolos de información antes de la debida diligencia con equipos limpios y definir con claridad el alcance de los remedios, ya no es una buena práctica: es una necesidad estratégica.
Al final, la metáfora es inevitable. En una transacción, como en una carrera, no gana quien arranca primero. Tampoco quien promete llegar a toda costa. Gana quien sabe exactamente cuándo puede empezar a corre y qué está dispuesto a sacrificar para cruzar la meta.
*Lina Uribe es socia de corporativo y M&A en Pérez-Llorca - Colombia.








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