He dedicado gran parte de mi trayectoria profesional a la lucha contra la corrupción y la impunidad, primero, desde el servicio público y, ahora, desde la trinchera del sector privado. Esta doble experiencia me ha convencido de una verdad fundamental: el combate a este flagelo no es una tarea exclusiva del gobierno, sino una corresponsabilidad social que debe ser asumida con la misma pasión en el ámbito corporativo. El Día Internacional contra la Corrupción (cada 9 de diciembre) es la herramienta idónea para recordárnoslo.
Mi convicción, forjada desde mis años de estudio en México y el extranjero, siempre ha sido la misma: la corrupción va mucho más allá de la malversación administrativa. Es un mal que, en esencia, daña los valores fundamentales de la sociedad y, de forma más crítica, se convierte en un medio para impedir el adecuado funcionamiento del sistema de justicia. Cuando la corrupción avanza, la persecución de otros delitos se detiene y las injusticias se consolidan. Es una tristeza profunda que carcome los cimientos de cualquier nación.
La confluencia de la integridad
Durante mis 13 años en el Gobierno Federal, mi mayor anhelo fue impulsar, a través de cada investigación y juicio, un mejor Estado de derecho. Hoy, esa misma misión se refleja en mi trabajo en el sector privado. Al asistir a clientes en la prevención, remediación y litigio de actos que transgreden las normas, he encontrado una profunda consonancia entre ambos mundos. La mayoría de los mexicanos, y de quienes participan en la economía del país, desean contribuir a un México menos corrupto.
Esto desmiente la noción de que el sector empresarial es inherentemente ajeno a esta lucha. Por el contrario, la búsqueda de un actuar recto e íntegro se ha convertido en una prioridad de gobernanza. Las empresas son miembros vitales del entramado social y económico; al adoptar medidas preventivas sólidas, no solo cumplen con la ley, sino que elevan sus propios estándares de integridad y protegen su reputación, asumiendo su rol como agentes de cambio.
En esta convergencia, se hace evidente que cada acción de integridad, ya sea en el sector público o en una oficina corporativa, construye la misma meta: un país más justo.
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El día de la corresponsabilidad colectiva
Es aquí donde la celebración del Día Internacional contra la Corrupción adquiere su verdadero peso, transformándose de un mero anuncio de la ONU a un ritual cívico y corporativo.
Las fechas conmemorativas más importantes que conocemos —sean la Revolución Mexicana, el Día de la Tierra, o los homenajes a líderes como Martin Luther King o Gandhi— representan un gran anhelo o el reconocimiento de un sacrificio histórico. El combate a la corrupción no es diferente; conlleva un reto histórico que exige sacrificio y una determinación colectiva.
Tener un día conmemorativo nos proporciona la oportunidad inmejorable de:
- Reflexionar y ajustar: Obliga a las organizaciones a revisar sus políticas de compliance y los programas de ética, y asegurar que los estándares de integridad sean actualizados y conocidos por todos.
- Organizar y actuar: Incentiva la unión de esfuerzos entre la sociedad civil, el gobierno y las empresas para definir metas anuales de prevención y remediación.
- Trascender del acto individual: Nos recuerda que la responsabilidad de este mal no recae solo en "los políticos", sino en toda la sociedad que tolera o participa en conductas antisociales.
Ese día es un recordatorio de que ningún esfuerzo es en vano. Estoy convencido de la pasión de los jóvenes por combatir este mal tan grave. Inculcar en ellos este propósito digno es darle a sus futuras vidas profesionales un valor incalculable.
Al final, la lucha contra la corrupción, si bien exige un esfuerzo constante, más que un sacrificio, es un privilegio. Es el privilegio de construir un legado para las siguientes generaciones. Recordemos que este día es un poderoso símbolo para unirnos, organizarnos y reiterar, anualmente, estas metas que, sin duda, trascenderán a nuestras propias vidas.
*Ricardo Cacho es consejero en Von Wobeser y Sierra.







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