La semana pasada, se hizo oficial la remodelación de la Casa Blanca con el primer golpe de la bola de demolición en contra de la ala este de este histórico edificio. Con el derrumbe de esta sección de la residencia del Presidente de los Estados Unidos se abre espacio para la construcción de un enorme salón de baile que tanto Donald Trump como otros miembros del Gobierno estadounidense antes que él insisten era necesario, porque los actuales espacios para eventos, como el Comedor de Estado y el Salón Este, son demasiado pequeños para celebrar reuniones de Estado.
Y si bien la Casa Blanca es lo que en inglés se llama un landmark building (edificio histórico) o un designated landmark (monumento designado), y –además– está bajo la administración del Servicio de Parques Nacionales, en realidad no está en el Registro Nacional de Lugares Históricos, la lista oficial de los edificios, distritos, sitios, estructuras y objetos históricos de Estados Unidos (llamados National Historic Landmarks –NHL– o Monumentos Históricos Nacionales) que merecen ser preservados sin cambios profundos o estructurales.
Los NHL, así como el Registro, fueron establecidos en la Ley Nacional de Preservación Histórica de 1966 que, en su Sección 107 –y esto es importante– exime a tres edificios históricos de Washington, D.C.: la Casa Blanca (también llamada Casa del Pueblo), el Capitolio y el Edificio de la Corte Suprema, considerados monumentos designados, pero no precisamente NHL. Antes de continuar, leamos qué dice la Sección 107:
Ninguna disposición de esta Ley se interpretará como aplicable a la Casa Blanca y sus terrenos, el edificio de la Corte Suprema y sus terrenos, ni al Capitolio de los Estados Unidos y sus edificios y terrenos relacionados.
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Con esto, la Sección exceptúa lo que líneas antes dice la Sección 106:
El titular de cualquier agencia federal con jurisdicción directa o indirecta sobre un proyecto propuesto federal o con asistencia federal en cualquier estado, y el titular de cualquier departamento federal o agencia independiente con autoridad para otorgar licencias para cualquier proyecto, deberá, antes de la aprobación del gasto de fondos federales en el proyecto o antes de la expedición de cualquier licencia, según sea el caso, tener en cuenta el efecto del proyecto en cualquier distrito, sitio, edificio, estructura u objeto que esté incluido o sea elegible para su inclusión en el Registro Nacional. El titular de cualquier agencia federal de este tipo deberá brindar al Consejo Asesor sobre Preservación Histórica, establecido en virtud del Título II de esta Ley, una oportunidad razonable para formular observaciones respecto de dicha iniciativa.
Esto significa que el gobierno federal no está obligado legalmente a consultar con las autoridades de conservación para proyectos que afecten a estos edificios específicos ergo los planes para la renovación de la Casa Blanca no tienen que presentarse a la Comisión Nacional de Planificación de la Capital, mucho menos si las renovaciones son pagadas con dinero privado, que es lo que ocurre en este momento con la renovación del ala este.
Ahora bien, esto no significa que no exista un enorme grado de preocupación sobre qué se hace y cómo a un edificio que es, básicamente, patrimonio cultural. Los monumentos históricos son importantes porque proporcionan vínculos tangibles con el pasado, ayudan a comprender culturas, estilos arquitectónicos y acontecimientos históricos; además, son fuente de orgullo nacional y cultural y pueden usarse para impulsar las economías locales, a través del turismo, mientras aportan valor educativo al ofrecer un contexto histórico real.
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No en balde, existe el Día Internacional de los Monumentos y Sitios, también conocido como Día del Patrimonio Mundial, propuesto por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos) como un mecanismo para proteger los monumentos de la destrucción causada por el vandalismo, el cambio climático, métodos de construcción o el avance de obras arquitectónicas modernas, así como todos los otros sitios que sean parte del patrimonio cultural de un país o que sean considerados Sitio del Patrimonio Mundial por la Unesco, en función de su valor cultural, histórico o científico.
Respecto a estos, si bien la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (Ompi) centra la protección del patrimonio cultural mediante leyes nacionales, en lugar de en la aplicación directa de normativas internacionales a los propios monumentos que sean supervisadas por ellos, aún así subraya la importancia de salvaguardar la autenticidad de un sitio, prohibir su destrucción o alteración no autorizada y promover el acceso público y las labores de conservación, en virtud de la interconexión que señalan existe entre el patrimonio cultural, la propiedad intelectual y los derechos de las comunidades.
Para la Ompi, la autenticidad e integridad del patrimonio histórico es fundamental para promover medidas contra la reubicación, reconstrucción, deterioro o cualquier otra alteración que los menoscabe. Aunque la Organización en realidad se interesa más en cómo los derechos de propiedad intelectual pueden utilizarse para proteger el patrimonio cultural, así como todas las expresiones y conocimientos culturales tradicionales de las comunidades (fundamentales para la supervivencia del patrimonio cultural) que interactúan con patrimonio tangible como los monumentos.
Como los gobiernos, en general, suelen estar de acuerdo con la relevancia de cuanto sitio les recuerde su historia, en su mayoría han establecido un proceso para obtener la aprobación de las autoridades culturales antes de emprender cualquier obra en estas áreas o en sus inmediaciones, exactamente de la misma manera que está establecido en Estados Unidos.
Por este motivo, aunque ni la Administración Trump ni las anteriores –ni las que vengan– están obligadas a pedir permiso para modificar la Casa Blanca, o seguir cualquier otra norma clave de conservación histórica, los presidentes estadounidenses suelen someterse a esta y presentar voluntariamente sus planes a la Comisión Nacional de Planificación de la Capital (que supervisa la construcción de edificios federales) antes de que comenzara el proyecto. Como nota al margen: Los presidentes anteriores sí presentaron sus planes por respeto. Trump prometió presentarlos, pero aún no lo ha hecho.
La legalidad del “Rey”
Dicho esto, y sin perder de vista que las renovaciones en la Casa del Pueblo son absolutamente legales y pagadas con donaciones privadas (las renovaciones no pueden hacerse con erario), la licitud de la demolición no ha impedido que diversos grupos de preservación histórica expresen su preocupación por las renovaciones… Ni que los memes no hayan estado a la orden del día.
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Volviendo a los expertos en arquitectura e historia, la Sociedad de Historiadores de la Arquitectura estadounidense dijo, a través de la presidenta del Comité de Conservación del Patrimonio, Priya Jain que la magnitud y el impacto visual del proyecto es uno de los elementos de mayor importancia. Por ello, solicitaron mayor transparencia sobre qué se iba a demoler exactamente, ya que existía información contradictoria sobre si se demolería el ala este o si simplemente se ampliaría. Esta duda ha sido resuelta: Se demolió todo el ala.
A través de una declaración dirigida a la Administración Trump, la sociedad pidió una revisión más exhaustiva de la demolición y de la nueva construcción así como un informe sobre el impacto que la renovación tendría en los jardines de la Casa Blanca. La principal preocupación de la entidad es qué tipo de repercusiones –y la magnitud de estas– tendrá un trabajo tan extenso como este en los proyectos de conservación en todo el país, “al tratarse de una estructura tan visible y de gran importancia”.
La falta de cortesía en presentarle los planos a la Comisión Nacional de Planificación de la Capital se entendió como un desprecio a las medidas que deben seguirse para garantizar que cualquier proyecto que modifique un NHL o landmark building no tenga un impacto negativo. Para la Sociedad de Historiadores de la Arquitectura muchas buenas prácticas de construcción en monumentos fueron pasadas por alto, por lo que elementos fundamentales como la conservación histórica, la restauración de objetos, la recuperación de la integridad arquitectónica e, incluso, el ajardinamiento de los terrenos (el salón de baile tomará parte de los jardines actuales de la Casa Blanca) fueron ignorados.
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A las críticas de organismos expertos en conservación arquitectónica o histórica se han sumado críticas políticas, usualmente centradas en comentarios anteriores de Trump refiriéndose a sí mismo como un “Rey” que necesita un salón de bailes digno de su envergadura. Estas también han sido alimentadas por rumores como que es probable que el Presidente bautice el salón de baile (llamado por el personal de la Administración como “El Salón de Baile del Presidente Donald J. Trump”) con su propio nombre. Deducción que no sale de la nada sino de un patrón conocido en el que existen Trump Tower, Trump Steaks, Trump University y Trump Winery.
Quizá la dificultad en calificar o saber en dónde ubicar las simpatías por esta remodelación (dejando las convicciones políticas de lado) reside en que, como dijo Priya Jain:
La Casa Blanca es un edificio vivo. Ha experimentado diversos cambios y debe seguir experimentándolos.
Y esto es cierto, están vivos en un sentido metafórico, porque sirven como una conexión tangible con el pasado y herramientas educativas que moldean el presente mientras cuentan la historia. Muchos expertos consideran que los monumentos son narradores silenciosos, educadores esenciales que tienden un puente entre el pasado y el presente además de ser símbolos de identidad con significado cultural.
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Una reforma extensa y poco discreta
En el caso específico de la residencia oficial del POTUS, esta “historia viva” ha sido algo accidentada y no ha estado exenta de modificaciones significativas, solo que estas han sido más internas que externas y cuando han sido externas han sido discretas.
Un salón de baile, descrito por la Administración como “una ampliación transformadora que aumentará significativamente la capacidad de la Casa Blanca para albergar grandes eventos”, que tendrá 8.361,3 metros cuadrados, y capacidad para 650 personas, no es mesurado, por más que se diseñe “con gran esmero” y se construya con “meticulosidad”, si se compara con los 5.109,7 metros cuadrados que tiene la parte principal de la Casa Blanca.
Esta es también la reforma más invasiva y grande que se le ha hecho a la Casa del Pueblo desde 1948, cuando el expresidente Harry Truman vació y reconstruyó todo el interior para solucionar graves problemas estructurales. Siguiendo esta línea, todos los cambios posteriores a 1952, cuando concluyeron los trabajos de la Administración Truman, han sido restauraciones o adiciones como el Jardín de las Rosas de Jackie Kennedy; la conversión de la piscina interna (construida para Franklin D. Roosevelt) en la Sala de Prensa de la Casa Blanca y la construcción de una bolera de Richard Nixon; la modernización de las salas de Prensa y de Crisis de George W. Bush, la conversión de la cancha de tenis en una de baloncesto de Barack Obama, y la creación del Huerto de la Casa Blanca de Michelle Obama.
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Otras grandes modificaciones, absolutamente necesarias, que se le han hecho al palacio presidencial han sido la reconstrucción luego de La Quema de Washington (invasión británica de la ciudad durante la campaña de Chesapeake de la Guerra de 1812), de 1814, hecha por el expresidente James Monroe. La erección de las alas este y oeste, empezadas en 1902 bajo la Administración de Theodore Roosevelt. La expansión del ala oeste para crear la Oficina Oval, en 1909, bajo la presidencia de William Taft. La reconstrucción del techo, hecha por el expresidente Calvin Coolidge, en 1927. La adición de la terraza este al ala este, durante las renovaciones bajo la Administración de Franklin Roosevelt, que también mudó la Oficina Oval. Y una modificación muy criticada, y poco necesaria en su momento: La adición del llamado Balcón Truman al segundo piso del Pórtico Sur, al que se opusieron puristas de la arquitectura y los opositores de Truman en el Congreso, pero que ahora es uno de los lugares más apreciados de la Casa Blanca y, como el ballroom de Trump, fue financiado con fondos propios del presidente y fondos privados.
El ala este era usada para albergar personal y oficinas, ocultar un búnker subterráneo y otros espacios construidos durante la Segunda Guerra Mundial, como residencia de la primera dama y su equipo, para albergar eventos sociales y como terreno para el ahora también desaparecido Jardín de las Rosas.
Cuando la demolición del ala este inició, sin aviso, el Fondo Nacional para la Preservación Histórica pidió a la administración Trump que suspendiera la demolición hasta que se completaran los procesos de revisión pública legalmente requeridos, incluyendo la consulta y revisión por parte de la Comisión Nacional de Planificación de la Capital y la Comisión de Bellas Artes.
La petición se hizo mediante una carta enviada a la Comisión Nacional de Planificación de la Capital, al Servicio de Parques Nacionales y a la Comisión de Bellas Artes, firmada por Carol Quillen, presidenta y directora ejecutiva del Fondo, quien, entre otras cosas, dijo que aunque la entidad reconoce la utilidad de un espacio para reuniones más amplio, le preocupaba “profundamente” que el volumen y la altura “eclipsen a la propia Casa Blanca” y altere permanentemente “el diseño clásico y armonioso de la Casa Blanca, con sus dos alas este y oeste, más pequeñas y bajas.”
El Fondo también se ofreció a colaborar en la exploración de alternativas de diseño y modificaciones que sin interrumpir los planes de la Administración, preservara la integridad histórica y el simbolismo de la Casa Blanca, a manera de abogar por la preservación histórica como un valor público fundamental.
Estos procesos brindan una oportunidad esencial para la transparencia y la participación ciudadana, valores que han guiado la preservación de la Casa Blanca bajo cada administración desde el concurso público de 1792 que dio origen al diseño original del edificio. Esto ayudará a garantizar que el proyecto honre la excepcional importancia histórica de la Casa Blanca y sus jardines, y reconozca el compromiso del pueblo estadounidense con la preservación de este lugar tan querido, dijo Quillen.
¿La respuesta? El viernes 24 de octubre, Stephen Miller, asesor de Trump, dijo que ya que la ampliación del ala este no formaba parte realmente de la Casa Blanca y era más bien “una estructura anexa de bajo costo que necesita, urgentemente, una renovación, reparación y remodelación”, la demolición no anunciada era válida.
…Al menos aún queda The West Wing.




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