Las mujeres crecemos con una idea que se hace parte de nuestra narrativa sin darnos cuenta: para ser tomadas en serio, no basta con ser buenas, tenemos que ser impecables. Nos enseñan a medir nuestro valor por los resultados, a sentir culpa cuando algo no sale como esperábamos y a creer que equivocarnos significa fallar.
El problema es que esa búsqueda de perfección rara vez tiene un fin. En nuestra cabeza, una voz nos dice: “Siempre hay algo que pudiste haber hecho mejor”, “Pudiste pensar más esa decisión”, “Debiste decir eso de otra forma”. Y, poco a poco, dejamos de disfrutar nuestros logros porque estamos demasiado ocupadas buscando nuestros errores.
Sin embargo, al enfrentarnos a la vida profesional del mundo del Derecho, encontramos que el ejercicio de la abogacía no se trata de no equivocarse nunca, sino de saber reaccionar cuando eso pasa, porque sí: va a pasar y más de lo que pensamos. Algunas mujeres tardamos mucho en aprender esto. A muchas mujeres, me incluyo, nos toma tiempo aprender esta lección, especialmente porque gran parte de las exigencias que cargamos no provienen de nuestros equipos o clientes, sino de nosotras mismas.
Muchas abogadas cargamos con un estándar profesional extraordinariamente alto: revisamos documentos innumerables veces antes de enviarlos; nos cuestionamos si debemos de levantar la mano porque creemos que aún no estamos listas o preparadas para hacerlo; evitamos hacer preguntas por miedo a parecer que no sabemos. Se nos asignan roles como tomar notas, organizar documentos o coordinar logísticas e incluso, existe este estereotipo tan conocido de ser la niña de los plumones -aquella persona ordenada y perfecta que prepara la presentación o toma apuntes mientras otros toman las decisiones.
Acoso sexual en espacios laborales, la deuda de México con las mujeres
Está claro que la búsqueda de la excelencia es una cualidad indispensable en la profesión de la abogacía. Cumplir con nuestros deberes, hacer las cosas correctamente y con la calidad que merecen y dar lo mejor de nosotros es indispensable.
Pero excelencia y perfeccionismo no son sinónimos. La excelencia implica preparación, responsabilidad y mejora continua. El perfeccionismo, por otro lado, muchas veces está impulsado por el miedo, miedo a equivocarnos, a decepcionar, a que un error sea utilizado para cuestionar nuestras capacidades. Y, en realidad, nadie construye una carrera profesional sin cometer errores.
Sería ilógico pensar que nadie se equivoca y que las grandes líderes llegaron a donde están siendo completamente perfectas. De hecho, lo que realmente distingue a una buena abogada no es la ausencia absoluta de fallas, sino la capacidad para reconocerlas, corregirlas y aprender de ellas. Qué valioso es saber equivocarse; qué valioso es también reconocerlo, aceptarlo, dejar la soberbia a un lado y abrazar la humildad.
Cuántos aprendizajes valiosos de la vida profesional surgen precisamente de esos momentos incómodos en donde las cosas no resultan exactamente como las habíamos planeado. Lejos de ser evidencia de falta de capacidad, estas experiencias forman parte natural del crecimiento y del desarrollo profesional.
Para muchas mujeres, además, existe una presión adicional. Aún hoy existe la idea de que debemos demostrar constantemente que merecemos el lugar que ocupamos, que un error puede confirmar prejuicios o que la excelencia no es una aspiración, sino una obligación. Esa carga nos lleva a exigirnos más de lo razonable y a medir nuestro valor a partir de una perfección imposible de alcanzar.
A todo esto, también es importante normalizar el saber pedir ayuda. Durante años, hemos interpretado que hacer preguntas o reconocer que no sabemos algo es una señal de inseguridad, cuando en realidad es una muestra de madurez profesional. Las personas mejor preparadas son las que saben que no tienen todas las respuestas; son aquellas que tienen la humildad para seguir aprendiendo y la confianza para apoyarse en los demás.
La continuidad de las políticas DEI en el escenario mundial
Puede ser que uno de los mayores retos para las nuevas generaciones de abogadas ya no sea únicamente abrirse espacio en una profesión históricamente dominada por hombres, un espacio que ha sido conquistado por las mujeres que vienen antes de nosotros. El desafío ahora es permanecer en ese espacio sin cargar con la expectativa de ser perfectas.
Es momento de dejar de pensar que un error define nuestro talento o nuestra capacidad profesional. De dejar de asumir que siempre hay que trabajar el doble para obtener el mismo reconocimiento. Y, sobre todo, de dejar de ser las críticas más severas de nosotras mismas. Porque no hay nadie más duro con nosotras que nosotras mismas, y porque una carrera exitosa no se construye evitando cualquier equivocación. Se construye aprendiendo, adaptándose y teniendo la confianza para seguir adelante, incluso después de haber fallado.
Tal vez el verdadero crecimiento profesional comienza el día en que entendemos que nuestra fortaleza no está en no equivocarnos nunca, sino en tener el valor de hacerlo, aprender y volver a intentarlo.
*Thelma Pérez Hagg es afiliada en Abogadas MX y abogada corporativa en Pérez Correa, con más de cuatro años de experiencia en las áreas de Corporativo, Fusiones y Adquisiciones, Bancario y Financiero, Inmobiliario y Propiedad Intelectual.






Add new comment