Los movimientos laterales de equipos completos se han convertido en una de las estrategias de crecimiento más recurrentes del mercado legal latinoamericano, redefiniendo cómo las firmas compiten por expertise especializado y reconfiguran sus capacidades en meses, no en años.
El 4 de marzo, Hernández & Cía. anunció la incorporación del equipo de infraestructura de DLA Piper - Perú, encabezado por un socio y varios abogados especializados. Unos días después, el 11 de marzo, DLA Piper reforzó su práctica energética con la incorporación de profesionales de energía provenientes de Hernández & Cía. En una semana, dos firmas Highly Recommended (Latin Lawyer) del mercado peruano protagonizaron movimientos laterales cruzados en áreas de práctica estratégicamente complementarias.
Esta semana también se constataron movimientos importantes en otros mercados: Garrigues integra a Barros, Silva, Varela & Vigil (BSVV) en Chile, Cuatrecasas hace contrataciones laterales importantes en Chile con la contratación de Amory Heine, y Florencia Heredia regresa a su antigua casa, Beccar Varela, en Buenos Aires. Son algunos casos que presentan una reveladora radiografía de lo que está pasando en Latinoamérica.
Durante años, el mercado legal latinoamericano fue uno de los sectores profesionales más estables de la economía regional. Un abogado ingresaba a una firma de prestigio recién salido de la facultad, ascendía por peldaños previsibles, llegaba a socio a los 35 o 40 años y, desde allí, recorría dos o tres décadas más bajo el mismo membrete. La permanencia era un valor en sí mismo, y la firma, no el individuo, era el activo principal del negocio. Los clientes contrataban marcas: Marval, Carey Mattos Filho, Galicia, Brigard Urrutia. Los socios eran depositarios de esas marcas, pero rara vez su sustituto.
Ese contrato implícito, que rigió la abogacía de élite de la región durante al menos cuatro décadas, se está rompiendo gradualmente. Los últimos meses han traído una concentración sin precedentes de fichajes entre firmas rivales, salidas en bloque de socios con sus equipos, y aperturas de boutiques fundadas por abogados que hasta hace poco ocupaban sillas en las grandes plataformas internacionales.
Lo que para cualquier periodista especializado era una noticia aislada cada tantos meses se ha vuelto un flujo semanal. Y no es una anomalía: antes en la mayoría de las jurisdicciones latinoamericanas había una regla no escrita respetada: no robarse talento entre los principales competidores. Dicha regla hoy no aplica, la competencia por el mejor talento es cada día más feroz y marca el inicio de una transformación estructural.
Por eso es necesario replantear desde cero tres factores: qué es una firma de abogados; cómo se retiene el talento en una época en la que irse a la competencia deja gradualmente de ser mal visto; y cómo se construye una carrera en el derecho hoy.
La mecánica detrás del movimiento
La economía del fenómeno no es difícil de asimilar. Un socio con cartera propia, mejor conocido como rainmaker, transporta consigo los clientes que lo siguen, los honorarios que esos clientes generan y el equipo que se ha formado bajo su mentoría.
Te recomendamos: La IA no viene a reemplazar al abogado. Viene a revelar si de verdad pone al cliente en el centro
En otras palabras, el activo que produce valor en la abogacía corporativa deja de ser en muchos casos la firma y pasa a ser el socio, sobre todo si el interesado le llega al valor de su ficha si estamos frente a una contratación lateral. Durante décadas, la premisa contraria sostuvo el modelo económico del sector. Una firma era una marca, una reputación acumulada, un equipo ampliado, una forma de hacer las cosas. El socio individual era importantísimo, pero reemplazable, al fin y al cabo. El cliente llegaba por la puerta principal, no por una relación bilateral con un profesional específico.
Esa premisa se puede seguir erosionado por tres razones. La primera es la saturación técnica de las firmas de élite. En cada país de la región, las grandes casas ofrecen hoy una calidad jurídica indistinguible en la mayoría de las áreas de práctica. Los rankings de Chambers y Legal 500 muestran bandas superiores donde conviven varias firmas sin diferencias materiales significativas para el cliente. Cuando el producto técnico se estandariza, el factor diferenciador se traslada al intangible: la relación personal, la velocidad de respuesta, la comprensión del negocio específico del cliente. Todo eso lo encarna muchas veces un socio concreto, no una firma abstracta.
La segunda razón es el cambio de mentalidad del general counsel corporativo. La abogada argentina que dirige el departamento legal de una multinacional cervecera, o el GC de una petrolera mexicana, contrata hoy de manera radicalmente distinta a como lo hacía hace quince años. Ya no compra una firma; compra un abogado con un equipo detrás. Muchas veces la relación personal con el socio responsable pesa más que la reputación institucional. No extraña entonces que, cuando ese socio cambia de firma, el cliente tiende a seguirlo. No es que las pretensiones de los socios hayan cambiado, sino que el cliente cambió primero.
La tercera razón es tan estructural como tecnológica. La inteligencia artificial tiene el potencial de vaciar casi que en forma imperceptible la base de la pirámide tradicional de las firmas. Ya sabemos para qué es buena la IA hoy: Revisión documental, due diligence masivo, búsqueda jurisprudencial, redacción de borradores estándar. Y todo aquello durante décadas alimentó las horas facturables de asociados junior y la formación de las nuevas generaciones. Si esas funciones las ejecutan modelos de lenguaje en minutos y a costo marginal, la lógica nos dice que el futuro será firmas más pequeñas, con mayor seniority promedio y mucha más productividad por abogado (Mirada360). Las firmas necesitan cada vez menos cabezas y más talento senior capaz de generar negocio. Justo el perfil que la competencia también quiere. Fichar afuera se convierte, en ese contexto, en la vía más rápida y menos riesgosa para crecer; formar adentro, en una inversión cada vez más costosa e incierta.
La liquidez como nueva normalidad
Cuando el valor se concentra en el socio individual y el talento senior escasea, el mercado se vuelve líquido por su propia lógica. Las firmas empiezan a comportarse como compradores en una subasta permanente: identifican perfiles, hacen ofertas, absorben equipos, compiten agresivamente por los rainmakers de la competencia. Los socios, por su parte, descubren que tienen poder de negociación: tienen un capital reputacional que se valoriza cada vez más.
Estados Unidos vivió este proceso con anticipación y ofrece un espejo en el que solemos relejarnos los latinoaméricanos con meses de retraso. En 2025, las grandes firmas estadounidenses registraron 3.009 incorporaciones laterales de socios, el nivel más alto en cinco años. Los paquetes compensatorios para socios estrella alcanzaron niveles históricos: contratos plurianuales garantizados de entre 10 y 25 millones de dólares para rainmakers con libros portátiles superiores a 20 millones. El viejo modelo lockstep, de remuneración rígida por antigüedad, prácticamente desapareció de la escena de élite, reemplazado por sistemas flexibles que premian la generación de negocio individual por encima de cualquier otro factor.
Latinoamérica no reproduce aún esas cifras. El tamaño del mercado, el nivel de las tarifas y la escala de los negocios son distintos. Pero la región está replicando la lógica del fenómeno estadounidense. Cada mes que pasa suma movimientos que en 2015 habrían sido considerados impensables: socios con veinte años en la misma firma que cruzan a una rival; equipos completos que migran de una plataforma internacional a otra; general counsels corporativos que vuelven a la práctica privada en una firma distinta de la que los formó; abogados de primer nivel que renuncian a sillas en magic circles para fundar boutiques. El poaching.entre firmas de élite dejó de ser noticia mayor.
Una carrera que se vuelve red, no escalera
La consecuencia más honda de esta transformación no está en los balances de las firmas, sino en cómo se concibe una carrera en el derecho. El arquetipo del abogado latinoamericano de élite se convivió durante décadas con una certeza implícita: la lealtad a la firma era, a la vez, una virtud profesional y una estrategia de carrera muy sensata. La fidelidad pagaba: era una relación gana-gana
Esa certeza ya no se sostiene. Hoy, un abogado de alto rendimiento tiene ante sí al menos cinco trayectorias plausibles. Puede quedarse en su firma y hacer carrera tradicional. Puede saltar a una firma local rival dispuesta a pagar más o a ofrecerle mayor protagonismo. Puede sumarse a la oficina regional de una firma internacional que aterriza en su país. Puede fundar, con dos o tres colegas, una boutique especializada que compita con sus antiguos empleadores. Puede dar un giro hacia el mundo corporativo, pasar tres o cinco años como general counsel, y volver a la práctica privada como socio senior, y no necesariamente a la firma que lo formó. Cada una de estas opciones es hoy una decisión profesional más legítima de lo que hubiera sido en un pasado en el que se hubiera calificado como un caso de deslealtad
Te va a interesar: Inteligencia artificial, socios inversionistas y una generación entera en suspenso
El efecto generacional refuerza la tendencia. Distintos estudios sobre talento legal en la región coinciden en que las generaciones más jóvenes, es decir, los asociados senior que hoy están a cinco años de poder ser socios, valoran autonomía, flexibilidad y un plan de desarrollo claro por encima de la permanencia institucional. La promesa de esperar quince años para ser socio en una firma donde el resto de la carrera está escrita ha perdido atractivo frente a la posibilidad de acortar plazos moviéndose estratégicamente entre dos o tres empleadores. La carrera deja de ser una escalera y se convierte en una red: conjuntos de relaciones profesionales que se activan según la oportunidad, no un itinerario predeterminado.
Lo que está en juego para las firmas
Desde las firmas, el fenómeno plantea un gran dilema estratégico. Perder socios ya no es un accidente que se pueda evitar con lealtad; es parte del paisaje competitivo que hay que gestionar. El problema no es cuánto invertir para retener al socio que se va, sino cómo construir una firma que siga generando valor aun asumiendo cierta rotación en su partnership.
Las respuestas que están ganando tracción en los foros regionales de gestión de despachos apuntan a un modelo distinto al tradicional. Primero, compensación competitiva pero no como palanca única: los salarios en la cima del mercado se han equiparado lo suficiente como para que pelear solo con dinero sea una guerra sin fondo. Segundo, planes de carrera verdaderamente individualizados, donde la firma invierte en el desarrollo específico de cada socio y no sólo en la carrera genérica del asociado que algún día será partner. Tercero, gobernanza profesionalizada: comités ejecutivos con mandatos definidos, reglas de sucesión transparentes, decisiones de compensación defendibles ante un partnership cada vez más exigente. Cuarto, y, sin duda, lo más difícil de todo, una cultura de colaboración real entre socios, el único factor que, según investigaciones como las de Heidi K. Gardner en Harvard Law School, efectivamente retiene talento en el largo plazo: cuando un socio percibe que su firma le hace generar más negocio del que podría generar por su cuenta, la puerta se cierra un poco
No te pierdas: Problemas legales por el uso de ChatGPT: las alucinaciones de la inteligencia artificial dejan en evidencia a 116 abogados
Las firmas que descuidan estos cuatro frentes se arriesgan a entender que el prestigio heredado no retiene por sí solo. Las que invierten en ellos todavía pierden gente, pero la pierden de a cuentagotas, y logran captar, al mismo tiempo, talento equivalente o mejor del exterior.
El reportaje detrás del reportaje
Es un hecho: Latinoamérica, en forma lenta pero firme, ha entrado en la era en la que la lealtad tiene un precio cada vez mayor. Durante décadas, cubrir periodísticamente la abogacía de élite de la región consistía en reportar sobre firmas: su crecimiento, sus acuerdos, su estrategia, su posicionamiento regional. Hoy consiste, cada vez más, en reportar sobre personas: quién se movió, con quién, hacia dónde, a cambio de qué. El boletín semanal de movimientos empieza a parecerse menos a una sección de negocios y más a una crónica deportiva, donde los fichajes se anuncian con fotografía, los equipos se reconstruyen cada temporada y los clubes más poderosos son aquellos capaces de combinar talento propio con incorporaciones estratégicas.
La transformación es irreversible. Las fuerzas que la empujan (el cliente corporativo más exigente y consciente de su poder, la IA que desplaza el trabajo junior, las nuevas generaciones con otras expectativas, la competencia regional e internacional creciente) no van a retroceder. Al contrario, van a crecer, sobre todo en aquellas jurisdicciones que ofrecen mayores oportunidades a los inversionistas internacionales y nacionales. Lo que queda por decidir es cómo cada firma se ubica en este nuevo mapa. Las que entiendan que su valor ya no reside en el nombre de la puerta sino en la calidad de las personas que deciden quedarse bajo ese nombre seguirán siendo las referencias del mercado. Las que sigan operando como si el prestigio acumulado bastara pueden descubrir, demasiado tarde, que el cliente al que creían servir en realidad nunca las llamaba a ellas.






Add new comment