Hay dos maneras de enfrentarse a un momento de transformación radical: con miedo o con curiosidad. Jaime Carey, presidente ejecutivo del mayor bufete de abogados de Chile, Carey, y expresidente de la International Bar Association durante 2025, pertenece sin duda al segundo grupo. Y no porque ignore los riesgos, sino precisamente porque los conoce mejor que casi nadie. En su año al frente de la IBA, la organización que agrupa a 170 colegios de abogados de 140 países y que es considerada la voz mundial de la profesión jurídica, Carey tuvo que navegar uno de los momentos más turbulentos de la historia reciente: ataques a instituciones legales, conflictos internacionales, el ascenso de gobiernos que desafían abiertamente el estado de derecho, y una revolución tecnológica que avanza más rápido de lo que cualquier sistema legislativo puede procesar. Lo hizo además como el primer chileno en ocupar ese cargo en los casi ochenta años de historia de la asociación, sucediendo a la española Almudena Arpón de Mendívil.
El disparador concreto de esta entrevista fue la inversión de Carey en Magnar, una legaltech latinoamericana de inteligencia artificial que sacudió al mundo legal de la región. Esta conversación arranca en esa inversión, pero termina en lugares más profundos: en una profesión que se transforma más rápido de lo que puede asimilar, en un estado de derecho que resiste como puede el embate del populismo y de las grandes tecnológicas, y en la pregunta de si todavía tiene sentido dedicar la vida al derecho. Carey tiene respuesta para todo eso, y ninguna de ellas es pesimista. Porque los optimistas, como él mismo demuestra, no son los que ignoran los problemas. Son los que deciden construir a pesar de ellos.
LexLatin: La noticia de la inversión de Carey recorrió la región. Una firma de ese calibre apostando por una herramienta local, desarrollada para las particularidades del derecho latinoamericano, envía una señal clara sobre hacia dónde se mueve la profesión. ¿Qué los llevó a tomar esa decisión y cómo encaja en la estrategia de largo plazo de la firma?
Jaime Carey: Nosotros empezamos hace bastante tiempo a adentrarnos en el mundo de la inteligencia artificial. Siempre he creído que hay que ser un actor relevante en lo que viene, no un mero espectador de lo que otros deciden. Y conforme uno se involucra más, entiende más, y ese entendimiento te lleva a tomar decisiones.
Yo suelo hacer un símil con lo que fue el internet. Me acuerdo que a mediados de los años ochenta, veraneando en el sur de Chile, en la casa del lado había un señor que era prácticamente el experto en internet del país, el que manejaba los nombres de dominio, y me intentaba explicar lo que era el www. Mi mejor traducción mental en ese momento era "un almanaque electrónico". Era imposible dimensionarlo. La inteligencia artificial me parece algo parecido, pero que avanza a una velocidad radicalmente mayor y con un poder de transformación estructural mucho más profundo. Por eso siempre he sentido que no podemos quedarnos atrás.
Llevamos mucho tiempo probando distintas herramientas y haciendo planes piloto. Una de las conclusiones a las que hemos llegado es que no va a existir una sola herramienta para todo. Habrá distintas soluciones para distintas especialidades y distintos propósitos. Y dentro de esa búsqueda, encontramos que tener una herramienta local, enfocada en Latinoamérica, resultaba muy interesante. Los productos globales son muy buenos, pero el entorno legal latinoamericano tiene particularidades que no siempre están bien cubiertas. Con Magnar vimos que daba soluciones concretas para nuestro mercado y que podía ser tan buena como muchas de las alternativas internacionales. Eso nos entusiasmó.
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Pero quiero ser claro en algo: no fue una apuesta financiera en el sentido tradicional, ni tampoco una decisión de tomar control o participar en la administración. Fue una decisión de involucrarnos en un ecosistema del que, de otra manera, seríamos externos. No quiero que me pase con la inteligencia artificial lo que me pasó con el internet: que uno lo fue entendiendo por osmosis, de afuera, sin meterse de verdad. Hoy el mundo exige un rol más activo.
¿Y qué tan solos están en esa apuesta? ¿Es Carey una excepción en la región o hay más firmas moviéndose en esa dirección?
Hablando con líderes de varias firmas grandes en Latinoamérica, me doy cuenta de que muchos tenían exactamente el mismo problema que nosotros: las herramientas existentes son muy buenas, pero les falta algo más local, más ajustado a sus realidades. Incluso hay países donde alguna de las grandes plataformas directamente no les está funcionando porque es demasiado amplia para lo que necesitan. Así que no estamos solos en el diagnóstico. Tal vez sí en la decisión de actuar sobre él de esta manera.
Hay algo que me interesa mucho explorar. La inversión fue leída en la región no solo como una apuesta financiera, sino como una especie de aval. Carey poniendo su nombre detrás de Magnar le da a esa herramienta una legitimidad que ningún comunicado de prensa podría darle. ¿Eso estaba calculado?
Sin duda forma parte del razonamiento. Cuando uno se involucra en un ecosistema, aporta más que capital. Aporta criterio, aporta contactos, aporta visibilidad. Y sí, creo que el entrenamiento es fundamental en todo esto. No podemos dejar que la adopción de inteligencia artificial sea cosa solo de los abogados jóvenes. Los socios con más años de experiencia tienen que involucrarse, tienen que aprender. Esto tiene que ser parte del sistema de trabajo, como lo es hoy Word o Excel. Si no estás involucrado de verdad, el tren pasa y no te subes en la estación que corresponde.
Recientemente han circulado dos textos que se volvieron virales: un ensayo de un ingeniero de sistemas que comparó este momento con el Covid de nuestra especie, y una entrevista con Mustafá Suleyman, CEO de Microsoft AI, donde afirmó que la profesión legal va a cambiar radicalmente en los próximos 12 a 18 meses. ¿Cómo se posiciona frente a esas señales de alarma?
Soy un poco más escéptico. Creo que viene una transformación muy importante, pero conociendo la profesión, el periodo de adaptación es más largo de lo que se suele proyectar. Y hay algo que en cierta medida me deja tranquilo: estamos todos más o menos en la misma situación. Va a haber quienes vayan un poco más adelantados que otros, pero el ritmo general va a ser parecido. Lo que hay que evitar es quedarse muy atrás.
Yo vengo escuchando desde hace 25 años que el cobro por hora va a desaparecer, y en la práctica, incluso cuando se negocia un monto fijo, tanto los clientes como las firmas siguen usando la hora como referencia para llegar a ese número. Los cambios en esta profesión ocurren, pero no con la radicalidad que tiende a generar tanto pánico. Me acuerdo en los años noventa cuando todos teníamos miedo de que las Big Four tomaran el mercado legal, con centros de tecnología de millones de dólares que eran impensables para nosotros. Y no pasó. Esto no quiere decir que no haya que prepararse, sino que la carrera es más pareja de lo que el alarmismo sugiere.
Dicho eso, sí creo que la competencia relativa va a estar cada vez más determinada por quién usa la inteligencia artificial con mayor eficiencia. Eso es lo que va a generar ventaja comparativa. Y por eso lo que tenemos que hacer ahora es entrenarnos. La herramienta sola no sirve de nada si la gente no sabe usarla.
¿Y cómo percibe el futuro de la profesión en ese contexto?
Soy bastante optimista. La inteligencia artificial nos va a ayudar a reemplazar tareas repetitivas y a hacer nuestro trabajo más eficiente, pero no va a sustituir al abogado. El criterio sigue siendo nuestro. Lo que va a cambiar es que tendremos que ser más eficientes en el uso de la tecnología, y eso en realidad es una oportunidad.
La profesión ya ha cambiado muchísimo. Lo que pasa es que uno lo ha ido viviendo y no lo percibe con esa magnitud. Yo partí con el télex. El salto desde ahí hasta hoy es cuántico, y lo fuimos absorbiendo. Me imagino a veces trayendo a mi abuelo al mundo de hoy y creo que andaría perdido. Pero siempre nos adaptamos. Los abogados, a pesar de la fama de ser conservadores, nos adaptamos mucho más rápido de lo que la gente cree. Estamos acostumbrados a enfrentarnos con problemas y resolverlos.
Y algo importante: hoy la tecnología no tiene el costo prohibitivo de antes. Ya no estamos hablando de centros de inversión de millones de dólares. Las licencias son accesibles, el margen de equivocarse en la elección de una herramienta es manejable. Eso nos permite tomar más riesgos, experimentar, aprender. Y quien aprenda a usar bien esto tiene por delante una ventaja comparativa muy importante.
Hay algo que me preocupa más allá del impacto en nuestra profesión. La inteligencia artificial, a diferencia del internet y de las grandes innovaciones del siglo XX, no nació del sector público sino del capital privado, con intereses comerciales muy definidos. El interés de las grandes tennológicas no coincide necesariamente con el interés de la sociedad ¿Cómo analiza ese riesgo a nivel social?
Es una preocupación muy legítima. Yo soy optimista y me apasiona esta corriente de transformación, pero al mismo tiempo me preocupa lo que significa a nivel colectivo. El internet nació del sector militar estadounidense, era una iniciativa pública. La inteligencia artificial viene de las grandes tecnológicas, con intereses comerciales privados. Y lo que me preocupa es que sea una herramienta que aumente la productividad pero vaya en detrimento de los intereses sociales.
Ahí es donde cobra más vigencia que nunca la idea del estado de derecho, en la que usted insistió mucho desde su liderazgo en la IBA. El gobierno de las leyes, no el gobierno de unos pocos hombres con el poder de Silicon Valley. Estamos en un entorno donde Estados Unidos se rehúsa a regular la inteligencia artificial. En donde Europa es más atrevida en la regulación pero tampoco sabemos bien qué se regula ni cuánta regulación es demasiada para no asfixiar la inversión. Los abogados somos la vanguardia para que estos cambios sean para bien, precisamente a través del ejercicio y la defensa del Estado de derecho, que está amenazado desde múltiples frentes.
Eso es exactamente lo que conecta su rol al frente de la IBA con todo lo que estamos hablando. ¿Cómo vivió ese año de presidencia en ese contexto tan particular?
Si tuviera que resumir mi año como presidente de la IBA, diría que los dos temas más complicados y más relevantes fueron la protección al estado de derecho y la inteligencia artificial. Fue un año muy difícil: ataques a firmas de abogados, a colegios de abogados, los conflictos internacionales de Israel y Gaza, la guerra de Ucrania. Todo ello con Estados Unidos como foco principal de muchos de los problemas, y entrelazado con el tema de la inteligencia artificial.
Decidimos que la IBA debía tomar un rol importante en este debate. La gran ventaja es que agrupamos 170 colegios de abogados de 140 países, lo que nos da una llegada al sector legal de prácticamente todo el mundo. Junto con Claudio Visco, el presidente actual, decidimos crear el Instituto de Inteligencia Artificial de la IBA. Lo estamos tomando como el proyecto más importante en la historia de la organización, con inversiones sustanciales para convertirnos en un referente mundial dentro del mundo legal. Estamos muy próximos a contratar a un director de alto nivel, no necesariamente abogado, sino alguien profundamente involucrado en el ecosistema de la inteligencia artificial.
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También participamos en una reunión de Naciones Unidas donde estaban los veinte principales referentes mundiales en esta materia, representando a todas las grandes empresas tecnológicas. Se da uno cuenta de que todo esto está literalmente en manos de veinte personas. Muchos de ellos coincidieron en que, junto con Naciones Unidas, la IBA podría ser un órgano clave para configurar una legislación mundial o regional, precisamente porque tenemos ese contacto con todos los colegios de abogados del mundo, una amplitud que ningún colegio individual posee.
La analogía con las redes sociales parece inevitable. En un futuro cercano, tal vez desde ya, nos parecerá impensable haber lanzado las redes sociales al mundo, especialmente a niños y adolescentes, sin ningún tipo de supervisión ni regulación. Igual que hoy nos parece inconcebible que en el siglo XX se vendiera tabaco sin restricciones para menores, o que los automóviles no tuvieran cinturón de seguridad. La tecnología no es sinónimo de progreso. Y los intereses de las grandes tecnológicas no son necesariamente los intereses de la sociedad ni de la administración de justicia. Y cuando en la posesión de Trump los principales invitados en el balcón VIP eran los cinco grandes nombres de las cinco grandes tecnológicas, eso dice algo muy claro sobre el rumbo de nuestra sociedad.
¿Es usted pesimista al respecto?
No, soy optimista a largo plazo. El mundo se adapta. Las normas antimonopolio, por ejemplo, eran un concepto inexistente a mediados del siglo pasado y hoy son parte del paisaje jurídico global. Las redes sociales en los colegios están empezando a regularse. Creo que con la inteligencia artificial ocurrirá lo mismo, aunque el problema es que todo avanza mucho más rápido y los sistemas legislativos tardan en alcanzar lo que está ocurriendo. Tal vez, paradójicamente, la propia inteligencia artificial nos ayude a legislar con mayor rapidez.
Y hay que reconocer su enorme potencial al mismo tiempo. Pensemos en el sistema judicial: causas rezagadas, temas de cobranza, registros de propiedad, herencias, toda la parte administrativa de la justicia. La inteligencia artificial podría ser una ayuda extraordinaria. La justicia no es útil si no es oportuna, y el gran problema en Latinoamérica es precisamente la demora y el backlog acumulado.
¿Qué aprendió durante este año de presidencia de la IBA que no sabía en el momento de asumir el cargo?
Una de las experiencias más reveladoras fue viajar a lugares a los que probablemente nunca hubiera ido de otra manera, incluyendo países de África. Ver cómo, incluso desde los países más pobres, la tecnología ha generado avances sorprendentes. El mundo se ha globalizado tecnológicamente mucho más de lo que uno imagina. Pero lo más importante fue constatar que los problemas son similares en todas partes, en mayor o menor grado. El acceso a la justicia es un desafío universal. A veces uno cree que sus problemas son únicos, y la verdad es que no lo son.
Desde 2016, muchos indicadores del estado de derecho han retrocedido. Hay quienes dicen que el modelo que predominará en este siglo no será el occidental sino uno más cercano al autoritarismo. ¿Cómo ves el mundo en cincuenta años?
Lo que más me ha llamado la atención, conversando con gente joven, es que a raíz de la inseguridad que se vive en casi todo el mundo, las nuevas generaciones parecen dispuestas a renunciar a ciertas libertades a cambio de mayor seguridad. Cuando la inseguridad deja de ser una realidad teórica y se vuelve personal, la ecuación cambia. He conversado con personas que me han dicho abiertamente que, si hubieran tenido una bola de cristal, habrían tomado decisiones distintas hace veinte años. El mundo no resultó como se esperaba.
Aún así, sigo siendo optimista. El mundo se ha adaptado siempre. Si no, las bombas nucleares nos habrían destruido hace décadas. Lo que no podemos permitir es que la inteligencia artificial avance sin que la sociedad participe en definir sus reglas.
Para terminar: un joven toca la puerta de su oficina y le pregunta si en 2026 tiene sentido estudiar derecho. ¿Qué le dice?
Le digo que adelante, y con entusiasmo. Yo nací en un mundo de abogados: mis dos abuelos eran abogados, todos mis hermanos son abogados, mi señora es abogada. Siempre he visto la profesión como algo muy amplio, que te permite trabajar en un estudio, en una empresa, o incluso en ámbitos que no tienen nada de estrictamente legal, porque te da una forma de pensar, una racionalidad y una cultura útiles para casi cualquier cosa, incluida la política.
Hoy veo más ventajas que desventajas. El mundo se ha complicado tanto que los campos del derecho son casi ilimitados comparados con cuando yo empecé. Antes se suponía que un abogado debía saber un poco de civil, laboral, tributario y litigios. Hoy la especialización es profunda y las subespecializaciones son incontables. Eso no es una amenaza, es una oportunidad para la gente joven. Y con la inteligencia artificial, ese joven tiene por delante herramientas que antes no existían, que puede usar de forma exponencial para aprender, crear y desarrollar cosas que hoy ni imaginamos.
Lo que no cambia nunca, sin embargo, es la parte humana. El espíritu colaborativo, la generosidad, el compañerismo. Yo siempre he dicho que quien pone todo su énfasis en el dinero no es el tipo de abogado que yo querría tener en la firma. El dinero es una consecuencia de todo lo demás. Si lo haces bien, si eres generoso, si eres creativo, si eres buen compañero, lo demás viene solo.







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