Francisca Franzani se incorporó al derecho penal en una época en que aún no era visto como un área central de práctica ni como una vía hacia las trayectorias profesionales más competitivas dentro de los grandes estudios jurídicos. Dos décadas después, es co-managing partner de la oficina de DLA Piper en Chile y colíder regional del grupo de práctica de White Collar en Latinoamérica de la firma.
Su trayectoria profesional refleja la transformación de la propia práctica. Cuando Franzani comenzó, el compliance todavía no se consolidaba como una disciplina reconocida en la región, y el derecho penal corporativo se abordaba principalmente como reacción a hechos puntuales. Los grandes escándalos de corrupción, el surgimiento de legislación sobre delitos económicos y la creciente judicialización de las relaciones comerciales fueron transformando gradualmente lo que antes era marginal en algo central. Franzani no fue solo testigo de ese cambio: lo vivió desde dentro, primero como litigante en casos emblemáticos y luego como asesora de empresas multinacionales en un entorno cada vez más exigente y complejo. Esa doble experiencia, tanto en el terreno del litigio como en la mesa del directorio, define hoy la forma en que entiende la industria legal.
En esta conversación, Franzani reflexiona sobre la transformación interna del compliance, los límites reales de la inteligencia artificial en una práctica que exige criterio más que velocidad, y el tipo de liderazgo que quiere ejercer en su nuevo rol: uno que no fluye de arriba hacia abajo, sino que impulsa a otros a dar lo mejor de sí.
Lexlatin: Ha consolidado una experiencia de más de quince años en el área de compliance y white collar. Es un área que ha cambiado radicalmente en ese tiempo. ¿Cómo describe esa evolución desde adentro?
Francisca Franzani: Tuve la suerte de formarme en el derecho penal cuando el área todavía era pequeña y poco valorada en el mundo corporativo. Empecé en una boutique penal y después pasé a Carey, donde estuve diez años. Ahí viví de primera mano la transformación del área: llegué cuando éramos dos personas y me fui cuando el equipo era de diez.
Al principio, el derecho penal era visto como algo reactivo y de segundo orden en una firma grande. Las empresas lo convocaban cuando alguien les robaba en la bodega o cuando necesitaban despedir a un trabajador que había cometido un delito. Era un área de segunda necesidad, no algo urgente ni estratégico. Con el tiempo eso cambió, y el hito que marcó el antes y el después no fue solo la ley de delitos económicos en Chile, sino los grandes casos de corrupción que involucraron a personas públicas y a dueños de empresas emblemáticas. Eso instaló en el mundo corporativo una certeza que antes no existía: el derecho penal está presente en todas las áreas del negocio, y si no lo abordas bien, puede afectarte tanto en términos legales como reputacionales.
A eso se sumó otro cambio cultural profundo: prácticas que antes eran habituales, como hacerle un favor a un político, mandarse mensajes con información sensible o saltarse un orden de prioridades, dejaron de ser aceptables. No porque fueran necesariamente delitos graves, sino porque simplemente dejaron de estar permitidas. Ese cambio puso al compliance y al derecho penal en el centro de la agenda de los directorios.
¿Y cómo influyó en todo esto su trayectoria como litigante?
Fue determinante. Haber estado en las trincheras desde el principio, trabajado con el Ministerio Público tanto como querellante como en defensa, me dio algo que no se aprende en los libros: criterio objetivo. Cuando asesoras a un cliente desde ese lugar, no le dices que todo es imposible ni que todo es riesgo de muerte. Sabes cómo funciona el sistema penal, conoces las probabilidades reales, y puedes distinguir qué riesgos merecen atención urgente y cuáles no. Eso tiene un valor enorme para las empresas, porque lo que necesitan no es alarmismo sino orientación concreta.
Con el tiempo me fui dando cuenta de que lo que más me apasionaba no era el litigio en sí, sino la asesoría penal de los negocios: cómo ayudar a las empresas a crecer bien, a prevenir la exposición a riesgos penales tanto de sus directivos como de la organización en su conjunto. Eso me llevó a hacer un magíster de compliance en España, que tiene una tradición muy reconocida en esta materia, y fue el puntapié para migrar del litigio hacia la asesoría. Aunque sigo tomando audiencias, cuando es necesario, hoy me involucro mucho más en el negocio del cliente, en lo que hace, en cómo funciona. Esa es la parte que más me satisface.
Acaba de asumir como Co-Managing Partner de DLA Piper Chile. ¿Cómo está viviendo esa transición?
Creo que uno llega a estos roles con un sello, y el mío siempre ha sido el trabajo en equipo. Mi equipo me ha seguido, y estoy convencida de que todo lo que he logrado ha sido gracias a eso. Eso es lo que quiero llevar a este nuevo rol: un liderazgo que no sea vertical ni jerárquico, sino uno que ponga a las personas en el centro y que entienda que las mejores ideas siempre son colectivas.
El rol tiene un componente administrativo importante, que también me gusta. La gestión no es cobrable ni glamorosa, pero hace feliz a las personas y permite que las organizaciones funcionen bien. Mi foco en lo inmediato es exactamente ese: que la oficina crezca en equipo y que las personas estén contentas con lo que hacen.
Hablando de las nuevas generaciones: hay una preocupación creciente sobre el impacto de la inteligencia artificial en la formación de los abogados jóvenes. Si la herramienta reemplaza el trabajo del asociado, ¿cómo se forma el criterio que después define a un buen abogado?
Una herramienta puede armarte un resumen, puede ayudarte con la investigación, pero los factores que tienes que tener a la vista para asesorar a una empresa grande son tantos y tan complejos que el capital humano sigue siendo irremplazable.
Veo la inteligencia artificial como una oportunidad más que como una amenaza. Si la herramienta me permite hacer más con el mismo equipo, puedo tomar más trabajo y satisfacer mejor las necesidades de los clientes. El desafío no es reducir, es imaginar cómo crecer de manera diferente.
¿Qué consejo le daría a una abogada joven que está empezando hoy en el área de compliance y white collar?
Que trate de tener la oportunidad de participar en casos de litigios reales, de empresas, y de entender desde adentro la lógica por la que una organización puede ser perseguida penalmente y cuál es el criterio del Ministerio Público y de los tribunales. Eso es lo que forma el criterio que después se convierte en tu principal valor como asesora. Pero que nunca olvide que el cliente tiene necesidades prácticas que tienen que ser cumplibles. Si eres una asesora que le dice al cliente que todo está prohibido o que todo es demasiado riesgoso, eres una pésima asesora. Tienes que mezclar la excelencia técnica con la visión de negocio.
El compliance no es un copy paste para todos: requiere entender qué quiere prevenir el cliente, cuál es el peor escenario posible, y cómo ayudarlo a seguir operando dentro de ese contexto. Siempre de la mano del negocio.
El entorno geopolítico actual es radicalmente distinto al de hace diez años. Las certezas que tenían las empresas sobre cómo operar internacionalmente ya no existen. ¿Cómo generar confianza a un cliente cuando el entorno no ayuda a que la haya?
Entregas confianza a los clientes a través de la credibilidad. Y la credibilidad se construye estando muy informada y aprendiendo de manera constante. El mundo cambia, la normativa cambia, y si no estás al día no puedes asesorar bien. Pero además de eso, siempre con la visión de negocio del cliente como norte.
Sugerimos leer: Corrupción en Latinoamérica: El compliance gana terreno ante la inaplicación de las normas
En un entorno tan incierto e impredecible como el actual, lo más valioso que puedes ofrecerle a una empresa es claridad sobre cómo navegar lo que viene sin paralizarse. Eso requiere conocimiento técnico, sí, pero sobre todo criterio y capacidad de adaptación.
Chile tiene una reputación de estabilidad en una región convulsa. ¿Cómo ve las perspectivas de la profesión legal desde esa posición?
Independientemente de los ciclos políticos y de la incertidumbre del entorno, nuestra profesión siempre tiene trabajo. Hay infinitas formas de ayudar a las personas y a las organizaciones, y eso no lo cambia ninguna elección ni ninguna crisis. Lo que sí cambia es cómo se ejerce.






Add new comment