En el ejercicio del derecho, dominar el lenguaje técnico ha sido históricamente un símbolo de autoridad. Doctrina, jurisprudencia, latinismos, citas extensas y análisis detallados forman parte del arsenal del abogado tradicional. Sin embargo, en la práctica contemporánea, especialmente en el entorno corporativo y de negocios, esa forma de comunicación está dejando de ser un activo para convertirse en una barrera.
Hoy, tanto los clientes como los líderes de negocio esperan algo diferente: claridad, síntesis, enfoque en soluciones y lenguaje accesible. La habilidad de comunicar de manera efectiva se ha vuelto tan importante como la de argumentar jurídicamente. Saber qué decir ya no basta. Lo que importa ahora es también cómo decirlo.
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Cuando el tecnicismo desconecta
Un dictamen de veinte páginas con cinco citas doctrinarias por párrafo puede impresionar en la academia, pero rara vez resuelve una necesidad empresarial. En el entorno actual, el cliente no busca una clase de derecho, sino una opinión clara que lo ayude a tomar decisiones.
Frases como “de acuerdo con la interpretación armónica del artículo 45 con el criterio reiterado de la Sala…” generan distancia. Y cuando quien lee no es abogado —como suele ser el caso en la empresa—, lo técnico se convierte en ruido.
El in-house ante el reto de traducir
Para el abogado in-house, esto es aún más evidente. No basta con conocer la ley: hay que traducirla para que la entienda el área comercial, financiera o de operaciones. Correos extensos y redactados como si fueran escritos judiciales rara vez son bien recibidos. En cambio, se valora una comunicación que identifique el riesgo, explique las opciones y permita tomar decisiones informadas con rapidez.
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¿Qué significa comunicar bien en el ámbito jurídico?
• Hablar claro: usar lenguaje comprensible sin sacrificar precisión.
• Escribir con propósito: cada documento debe tener una intención clara y un mensaje central.
• Persuadir sin intimidar: convencer con argumentos bien estructurados, no con jergas ni citas abrumadoras.
• Conectar con la audiencia: adaptar el tono y el estilo según quién reciba el mensaje (cliente, juez, colega, medio, equipo interno).
Herramientas para mejorar la comunicación jurídica
1. Define tu objetivo antes de escribir
¿Es un correo para tomar una decisión? ¿Un informe para documentar? ¿Una nota para alertar sobre un riesgo? Cada finalidad tiene un tono y una estructura distinta. No empieces a redactar sin tener claro lo que necesitas lograr.
2. Encabeza con lo esencial
No dejes lo importante para el final. En entornos empresariales, los líderes no leen todo: escanean. Comienza con un resumen ejecutivo o una frase tipo: “Se puede firmar el contrato, pero debe incluirse una cláusula adicional para protegernos de X.”
3. Elimina lo innecesario
Evita repetir artículos, copiar párrafos de normas o jurisprudencia sin explicar su utilidad. Elimina adornos innecesarios y busca la economía del lenguaje.
4. Usa ejemplos, analogías y visuales
Cuando un tema es complejo, usa un ejemplo práctico o una analogía simple. En entornos empresariales, incluir gráficos, tablas o semáforos de riesgo puede ser más útil que cinco páginas de análisis.
5. Escucha y adapta tu estilo
¿Tu cliente te devuelve los correos sin leerlos? ¿Tus colegas te piden que resumas tus informes? Son señales de que tu estilo necesita ajustes. Escuchar activamente y observar cómo reacciona tu audiencia es parte del arte de comunicar.
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Reflexión final
El buen abogado no es el que más palabras usa, sino el que hace que sus palabras generan claridad, confianza y acción. En un entorno donde el tiempo es escaso, los riesgos son múltiples y las decisiones no pueden esperar, la habilidad de comunicar bien se convierte en un activo estratégico.
Abandonar el tecnicismo no es abandonar el rigor. Es hacer que el conocimiento legal sea útil, relevante y comprensible para quien lo necesita. Y eso es, en última instancia, lo que espera cualquier cliente, colega o juez.
Call to action
¿Quieres agregar valor real desde tu rol jurídico? Empieza por cómo te comunicas. Revisa tu próximo informe, correo o presentación y pregúntate: “¿Lo entendería alguien ajeno al derecho? ¿Está claro lo que propongo?” Si la respuesta es no, reescríbelo. Tu audiencia —y tu reputación— te lo agradecerán.
*Diego Thomás Castagnino es sénior legal director para Centroamérica y el Caribe de PepsiCo y profesor de Derecho Mercantil.







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