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¿Tienen los abogados los días contados en el siglo XXI?

¿Tienen los abogados los días contados en el siglo XXI?

por Natiuska Traña P.
publicado el17/11/2016
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Si bien la innovación tecnológica ha convertido a nuestros teléfonos en “smartphones”, todavía no estamos al punto de “bajar” una actualización que ponga al día inmediatamente al  abogado de cara a los nuevos negocios y a las necesidades actuales. Lamentablemente, no es tan fácil.


Los abogados históricamente se han caracterizado por su temple solemne, la seriedad y la experiencia, y la prestancia e investidura que representa la justicia. Para asuntos delicados como la protección del patrimonio y la solución de conflictos, se necesita el respaldo de alguien que sepa lo que está haciendo.


En estos tiempos de ánimos “caldeados”, intolerancia y un extremo irrespeto a las normas, el profesional en derecho más eficaz no es el que gana más juicios sino el que logra plantear la estrategia previa de manera que los problemas siempre sean manejados de manera extrajudicial. No es secreto que los procesos dentro del sistema de justicia son engorrosos, burocráticos, y lentos. En nuestra sociedad, la frase “justicia pronta y cumplida” es como un dicho de un personaje anónimo que no tiene aplicabilidad real.


Quizás a muchos les pueda sonar descabellado que la recomendación sea evitar el conflicto a toda costa. Sobre todo, cuando muchos abogados tienen como práctica sobresaturar los procesos con excesivos recursos, demandas y trámites judiciales, que se convierten en un gasto continuo para el cliente, que podría haberse evitado buscando una solución alterna o preventiva.


El abogado del siglo XXI tiene que ser psicólogo, sociólogo, mediador, conciliador y debe acompañar a su cliente en todo el proceso para el cual fue contratado. Debe medir su ganancia en la satisfacción de los intereses de quién representa y no en las facturas de gastos innecesarios porque se niega a adaptarse a un nuevo modelo de servicio, donde lo importante es el cliente satisfecho y ayudar a ese individuo con la maraña de trámites que el mismo sistema ha creado, por un precio justo, que denote su vocación y responsabilidad en el ejercicio de su carrera.


Como todo mercado, el de las ciencias jurídicas está llamado a normar y regular la conducta humana. Si los abogados no se convierten en el ejemplo para afrontar y adaptarse a las nuevas tendencias, están condenados a desaparecer, porque el cliente, más que nunca, hoy manda. Y en esta actividad no importa el precio, sino la calidad del servicio.

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