OPINIÓN


El fin de la democracia

Algunas veces los síntomas del autoritarismo son casi imperceptibles. Hemos visto cómo ciertas democracias han perdido el aliento, poco a poco, sin que sus ciudadanos lo noten inmediatamente. Y luego, cuando ya los síntomas demuestran un claro deterioro, hay circunstancias apremiantes que distraen la atención de la gente y que no permiten atender las fallas y buscar un remedio. Es decir, cuando estás preocupado por lo que tus hijos van a comer al día siguiente, no hay ancho de banda para preocuparse por la libertad de expresión, la separación de poderes o el debido proceso.

Ese deterioro lo hemos visto en la casa y en la vecindad, de manera casi cíclica, en distintos países y en distintos momentos. En la montaña rusa latinoamericana no ha habido un solo momento de estabilidad regional.

Lo vimos recientemente en Honduras, al quedar al descubierto la poca transparencia de su sistema electoral y los eventos que se han desarrollado tras las elecciones presidenciales. También lo encontramos en lo ocurrido en Guatemala hace pocos meses, cuando líderes políticos procuraron darse un baño de impunidad a través del Ejecutivo y el Congreso. Además Bolivia, que ha mantenido una sorpresiva estabilidad económica a pesar del gobierno de claro corte autoritario de Evo Morales, hizo un viraje fuerte en las últimas semanas cuando la Corte Suprema anuló la voluntad de los bolivianos al otorgarle a Morales la posibilidad de buscar un cuarto mandato. A esto sumemos la fragilidad institucional de Brasil, el sometimiento de México al narcotráfico, y la total y absoluta descomposición de Venezuela.

Pero la clave es ese “poco a poco”, que va necesariamente acompañado de una insistencia casi obsesiva en aplicar las formas democráticas. Se convierten en sistemas autocráticos diseñados para que no sean fácil de explicar: “¿Cómo vas a decir que no hay democracia si se han hecho 23 elecciones en 18 años?” Democracia en abundancia.

Esa patraña de “más elecciones es igual a más democracia” es el tipo de discurso que han tenido que soportar los venezolanos de los últimos tiempos. Muchas elecciones sujetas a un sistema electoral configurado para hacerlo ver competitivo, para hacerle creer a la gente que hay chance de derrotar al partido de gobierno. Pero en realidad es un sistema controlado, como una corrida de toros en la que el público se angustia por la suerte del matador pero al final todos saben como termina.

Esa dificultad de llamar al régimen por su nombre es una característica de las dictaduras modernas. “No podemos decir que es dictadura porque votamos.” Hasta que es tarde, y te das cuenta que el toro eres tú.

Los venezolanos están en ese momento. El gobierno logró desplazar completamente la democracia de su forma de autocracia light. El traje de dictadura moderna ya no le sirve, por lo que no le quedará más que ceñirse al guión de las dictaduras más tradicionales.

La conversación que debemos tener los latinoamericanos no es una de solidaridad por no dejar a un compañero atrás, sino que va mucho más allá. Se trata de entender que nuestros países están más conectados de lo que pensamos y que un país aquejado fácilmente contagia a los demás. Lo que está pasando en Venezuela debe servir de advertencia sobre el peligro de dejar desatendidos estos síntomas que, como se ha explicado, son difíciles de identificar. Porque las dictaduras modernas no se imponen de golpe, lo hacen lentamente, como una enfermedad que va consumiendo a la democracia hasta hacerla desaparecer.


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Un comentario

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  1. carlos cortaza
    Dic 12, 2017 - 11:14 AM

    Extraordinario!!

    Reply

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ARTICULO ESCRITO POR:

Raúl Stolk

Editor en LexLatin

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