OPINIÓN


¿Cómo evitar que la innovación se trague a los abogados?

Paul Ford escribió una historia corta —ambientada en un futuro cercano— sobre un padre que enseña a su hija de diez años a contestar sus demandas en su tableta (Nanolaw with Daughter). El relato transcurre en espacio de pocos minutos antes de la práctica de fútbol de la niña, tiempo suficiente para que el padre le explicase a su hija a cuál demanda se le debe prestar atención y a cuál no.

Como quien elimina un email, responde el otro y reenvía aquél, padre e hija, vuelan por una serie de nanodemandas, descartando algunas por carencia de jurisdicción, desechando otras por caducidad, contestando las importantes y pagando en las que no hay más que hacer —dos centavos aquí, tres centavos allá—. Cuenta el padre, que la primera vez que su hija fue demandada no era más que un pequeño renacuajo dentro del vientre de su madre.

El hombre había subido a una red social una foto del eco de la niña, y la compañía que fabricó la cámara lo demando a él, a su esposa y a la no-nacida por distribuir una imagen sobre la cual no tenían derechos. Al final, los personajes del cuento comparten un emotivo momento, enternecidos por un video, recibido como evidencia en una demanda contra la niña por cantar una canción en un juego de béisbol sin permiso del titular.

Esta historia, publicada hace unos años ya, hace una atrevida predicción que de alguna manera se ha ido cumpliendo poco a poco. La tecnología probablemente se comerá a los abogados de la misma manera que lo hizo con los trabajadores de las fábricas de automóviles de Detroit. Bueno, quizás decir que desapareceremos es una exageración, pero definitivamente la tecnología va a cambiar radicalmente el ejercicio de la profesión.

El ejemplo ilustra algo que ya ha empezado a ocurrir en el mundo de los impuestos, donde herramientas como TurboTax permiten al cliente hacer su declaración de impuestos sin acudir a un contador.

Pero esos son los contadores, que son gente de números. La mente de un abogado es irremplazable, ¿verdad?

Equivocado. Poco a poco, el mismo sistema de preguntas y respuestas que aplica TurboTax se ha ido traduciendo para la generación de contratos, en principio sencillos, que permiten que una persona no entrenada en leyes pueda armar el tipo de documento que necesita, contestando un cuestionario digital. Igualmente, mucho del trabajo de recolección y revisión de due diligence asociado a fusiones y adquisiciones se puede hacer a través de sistemas automatizados.

Es cierto, esto solo amenaza el trabajo que hacían los abogados recién graduados. Por ahora.

Sin duda el nivel de complejidad que podrán abordar estas tecnologías será cada vez más alto.

Lo único que podemos hacer para salvarnos de la revolución digital es mantenernos al frente y tener la mente abierta ante la innovación y nuevas maneras de abordar el negocio. Debemos entrenarnos en otras disciplinas, entender de manejo de proyectos, mercadotecnia, e incluso, conocer de programación. Allen & Overy, por ejemplo, desarrolló una herramienta para sus clientes bancarios que les facilita internamente el ensamblaje de documentos de financiamiento.

Los abogados somos quienes mejor conocemos los procesos del derecho, tenemos una ventaja competitiva que además nos da acceso directo a los potenciales usuarios de estas plataformas: nuestros clientes. Si no damos un paso al frente, serán otros quienes aprovechen las oportunidades. La tecnología avanza al ritmo que le marque el mercado, y el mercado no es ético. 

¿Hasta dónde podríamos llegar? ¿Contestar demandas en línea? Sin duda habrá un app para eso.


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ARTICULO ESCRITO POR:

Raúl Stolk

Editor en LexLatin

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