ENTREVISTAS


Adriana Ospina: “El éxito es ayudar a los vulnerables”

Entrevistamos a Adriana Ospina, quien muy recientemente – el 31 de agosto de este año – salió de su cargo como Directora del capítulo Women in the Profession del Vance Center de Nueva York para iniciarse en un proyecto independiente. Lo hará como abogada en el campo de la educación especial en EE.UU. Nuestro afortunado encuentro forma parte de la serie de entrevistas Rompiendo moldes. Como ya indicamos, en esta serie conversamos con las abogadas más influyentes de la región.

Adriana Ospina. Foto cortesía de Vence Center

Adriana Ospina ha andado un camino que le permite entender las experiencias de muchas de las abogadas a las que ya hemos entrevistado. Su carrera es ya muy extensa y ha ejercido el Derecho por aquellos caminos que le permitieron hacer de sus éxitos profesionales una labor social. Su paso por el Vance Center ha sido clave para fortalecer el movimiento de integración de mujeres abogadas en América Latina y para atender las necesidades de la sociedad civil a través de la justicia.

— ¿Cuál es su carta de presentación como abogada?

— He tenido una carrera un poco diferente a la de otras abogadas con las que han hablado en Rompiendo moldes. Me gradué en Harvard y trabajé dos años en Nueva York como Asociada en Shearman Sterling LLP. Después me fui a vivir a Brasil, hasta 1993, para finalmente pasar también dos años en Colombia como of counsel para la firma.

Por aquella época Shearman Sterling LLP no tenía oficina en Brasil y en Colombia nunca la ha tenido. Teníamos algo así como un acuerdo de medio tiempo, pero era un poco complicado, porque yo podía rechazar trabajar en una transacción, pero en el momento en que me comprometía, ya no tenía control de mi tiempo. Más o menos funcionaba, pero cuando tuve mi cuarto hijo desistí.

No volví a trabajar como abogada hasta el 2015. Estuve muchísimos años haciendo otras cosas, entre ellas política en Greenwich, en el Estado de Connecticut (EE.UU.). Después fue cuando empecé a trabajar en el Vance Center, en abril de 2015.

— Cuando mira atrás y hace una valoración de lo que ha andado hasta ahora en su carrera ¿qué experiencias y qué personas han tenido mayor impacto en lo personal y lo laboral?

—En lo laboral yo diría que Jeanne Olivier. Ella era Asociada Senior cuando empecé a trabajar con ella en Shearman Sterling LLP. Me pusieron en una transacción con ella y fue mi mentora. Fue quien me recomendó para unos socios en Brasil y volví a trabajar para ella desde Colombia.

Siempre mantuve contacto con ella, y hace tres años, cuando decidí retirarme de la política, me replanteé qué quería hacer con mi carrera. Tenía muy claro que no quería volver a ser abogada corporativa y que quería trabajar en algo que yo sintiera que tuviera un aspecto social. Nos encontramos y me sugirió entrar en el Vance Center.

Yo tengo una niña especial y había trabajado en el campo del Derecho en una organización de educación especial de Greenwich. Habían conseguido una subvención para material, pero no era suficiente para contratar profesores, por lo que me pidieron que diera clases. Trabajé gratis, enseñándoles el derecho de educación especial a papás hispanos de bajos recursos. Así también comencé mi trabajo en política. Por eso fue que cuando hablé con Jeanne le dije que quería hacer algo: trabajar con inmigrantes, educación especial o algo de género. Eso fue lo que me llevó al Vance Center.

—De no haber trabajado en el mundo jurídico a la vez que en el Tercer Sector ¿qué otra profesión cree que habría desempeñado con éxito y pasión?

—Mi sueño siempre fue ser doctora y de hecho muchas veces me pregunto si debería ser voluntaria en Cruz Roja. Sin embargo, mis papás no me dejaron estudiar Medicina. Vivíamos en Colombia en la época en que los médicos acudían también a la casa. Mi papá y mi mamá eran de la teoría que una mujer no debía ser médica porque si no, no iba a casarse y tener hijos. Escogí Derecho, que es una carrera que he gozado mucho, pero te confieso que fue mi segunda elección.

— ¿Qué diferencia se veía entre ser abogada y ser médica? Ser abogada también consume mucho tiempo…

— Sí, pero vas a una oficina y por entonces la imagen del abogado corporativo en Colombia – porque a mí en Nueva York me tocó trabajar fines de semana y llegar a la casa a las 9 de la noche – era la del que iba a la oficina de 8:30 de la mañana a 5 de la tarde.

Ciertamente no trabajaban fines de semana. En aquella época no había Internet, nadie podía localizarte y a la gente ni se le pasaba por la cabeza llamarte a casa.

—¿Qué es lo más satisfactorio y lo más frustrante de trabajar en proyectos de igualdad de género?

— Lo más satisfactorio es el programa que yo monté. El programa Women in the Profession (WiP) del Vance Center era un programa que llevaba como siete años. Se trataba de una conferencia anual, donde un grupo de abogadas latinoamericanas se juntaban y discutían problemas, como el hecho de que a pesar de que en las facultades el número de abogados y abogadas era mitad y mitad, el número de socias era muy bajo – algo que por cierto no ha progresado en los últimos 15 años.

Logré formar un programa en dos años con 19 capítulos en 18 países. Una de las cosas que exigí – a mí me contrataron para proyectos pro bono, no para el programa WiP – fue que me permitiesen obligar a estos grupos a hacer un trabajo social. La situación de las profesionales latinoamericanas no es fácil, pero ya son abogadas. En mi cabeza esas mujeres ya son privilegiadas, mientras que hay mujeres con muchas más necesidades. Me dieron el sí y logré que todos estos grupos firmasen un compromiso para hacer un proyecto caritativo pro bono al año.

Estos proyectos no tenían que ser obligatoriamente un servicio legal. Para darte un ejemplo, en Uruguay hay un proyecto de entrenamiento para niñas de bachillerato en barrios pobres. Dicho proyecto busca incentivarlas a que estudien una carrera. Paraguay también hace un programa para mujeres víctimas de violencia de género llamado “Conoce tus derechos”. Enseñan a las mujeres cuáles son sus derechos en cuanto a protección contra la violencia, pero también en cuanto a educación y salud de sus hijos. Siento que ese fue el gran triunfo, haber creado el programa en dos años.

Yo no sé si estamos avanzando, es una situación muy difícil. Nadie entiende por qué con todo el esfuerzo, dinero y tiempo que se le ha dedicado a estos problemas en los últimos 40 años la situación no mejora. Sin embargo, yo siento que aquellas cosas que tú no hablas y que no mides, no cambian. Sí que siento que hay cosas de nuestro programa que, ojalá, ayuden a cambiar en las posiciones de liderazgo para la mujer, y que a la vez estamos ayudando a mujeres en situaciones más vulnerables. Ese para mí es el éxito.

La frustración es que para el grupo con el que yo trabajo esto es su obra caritativa. Es lo que hacen cuando tienen tiempo libre. La ventaja cuando trabajas con las ONG – y no directamente con la gente – es que estás ayudando de una forma sistémica. La desventaja es que no trabajas con la gente directamente, es más difícil medir el impacto que tiene.

—Claro, las cosas que no se miden no se ponen sobre la mesa, a pesar de que se sufran las consecuencias de un problema. En este sentido ¿Qué impacto cualitativo y cuantitativo han tenido las iniciativas pro bono en las firmas latinoamericanas?

—Yo creo que mucho. A nivel cualitativo hoy existen la mentalidad y la política pro bono. Hace 20 años nadie hablaba de esto. Cuando empecé a trabajar nos dieron una subvención para establecer la iniciativa pro bono en Centroamérica. Me fui a Guatemala para reunirme con organizaciones y firmas de abogados. Tres organizaciones me dijeron “señora, dé media vuelta y váyase, porque aquí los abogados guatemaltecos son gente rica. Desconfían de nosotros, creen que todas las personas que trabajan en ONG son comunistas”. Luego tuve mi reunión con los abogados ¡y qué grata sorpresa! Muchos no sabían lo que era el trabajo pro bono, pero estaban súper interesados. Un año después habíamos inaugurado el comienzo de la Fundación Pro Bono Guatemala, que es la fundación que están financiando 12 firmas guatemaltecas para hacer este trabajo sistematizado. Ese es el impacto que ha tenido el Vance Center.

A nivel cuantitativo siempre existe la controversia de que el trabajo pro bono se mide por hora. Hay quien piensa que no es suficiente y que hay que medir si algo se está cambiando. Yo no estoy tan de acuerdo, porque para mí cada persona que tú ayudes es una persona menos que está sufriendo las consecuencias de no acceder a la justicia. No es la forma perfecta de medir, pero es mucho.

—En este sentido, ¿cómo representa el acceso a los servicios jurídicos el estatus social de las personas y las sociedades?

—Eso es así en todos los países, tristemente el que tiene plata es el que tiene acceso a la justicia. Lo ves en EE.UU., la cantidad de gente negra que está en la cárcel y es porque no tienen acceso a abogados. Hace poco hubo un caso de un estudiante de Stanford que violó a una joven y el juez le dio solo unos meses de prisión porque los papás millonarios contrataron a los mejores abogados. Yo no me hago ilusiones de que el dinero no es lo que te da acceso a la justicia, pero es lo que tratamos de cambiar con el trabajo pro bono, aunque es una gotita de agua en medio del mar.

—¿Qué metas, de las que perseguía, ha logrado con éxito en sus dos años en el Vance Center y cuáles considera que deja en manos de quien coge el testigo? Sería interesante saber también quién le va a relevar en el cargo, si lo puede hacer público…

— Siento que ya hice lo más difícil, que fue crear el programa. Mantenerlo puede ser un poco complicado. Al principio todo el mundo está ilusionado, pero ten en cuenta que hablamos de 18 países, de los cuales en 15 antes no había nada. Estas personas son abogadas a las que yo convencí de juntarse y crear un grupo de Women in the Profession. De los 18 países unos 14 están funcionando relativamente bien y con los otros cuatro me ha tocado estar muy pendiente. Mi ilusión es que quien venga después logre mantener todo esto y se esfuerce mucho.

Respecto a quién me va a relevar, yo llevaba tres programas y el Vance Center decidió contratar a tres personas distintas. Aún estamos en el proceso de selección.

—Antes de trabajar en el Vance Center sirvió como miembro de la Junta de Educación de Greenwich en Connecticut y fue una fuerte defensora de iniciativas para reducir la brecha de logro entre estudiantes de minorías y sus homólogos no minoritarios en escuelas públicas. ¿Es esta experiencia la “culpable” de que ahora deje el Vance Center para trabajar en un proyecto de educación?

—Totalmente. Las decisiones que uno toma en la vida a veces son muy aleatorias. Siempre me he mantenido en contacto con el mundo de la educación especial. Dio la casualidad de que una familia me pidió ayuda para su hija. Contratar a un abogado para estos procesos tiene un coste de 5.000 USD. Esta familia podía pagar como la mitad. Yo les ayudé a conseguir los servicios en el distrito porque lo conozco, y conozco la ley. Logré ganar el pleito. Entonces, recuerdo pensar “le he cambiado la vida a una niña de 9 años”. Me quedé pensando si esto no es mucho más satisfactorio. Aunque sea solo una niña, la conozco a ella y a sus papás.

Me encontré con una amiga que trabaja como Special Education Advocate y a la que llevaba tiempo sin ver. Me preguntó por qué no me dedico a esto. Insistió y me dijo que le avisase cuando tuviese tiempo, porque tiene muchos clientes que hablan español y portugués, a los que ella no puede atender. Me dijo que montara mi oficina y que inmediatamente me bombardearía con clientes.

Decidí que quería estar más cerca de los niños. Quiero ayudar a las familias que tienen niños con necesidades especiales para que sus vidas no sean tan duras y tengan una oportunidad de acceder a los derechos que la ley les da. Simplemente por ser estudiantes en Greenwich, la Ley de Educación Especial (IDEA) dice que mientras tú vivas en una ciudad y vayas a la escuela pública de esa ciudad tienes derecho a todas estas protecciones, independientemente de que seas legal o ilegal. Así fue que tomé la decisión. Fue una decisión rápida, un día me levanté y me dije que esto es lo que realmente quiero hacer.


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