ENTREVISTAS


Sandra González: “El arbitraje es internacional, rico y multicultural”

Sandra González codirige la práctica global de litigios y arbitraje en FERRERE, lo que abarca a los cuatro países en los que la firma está presente: Bolivia, Ecuador, Uruguay y Paraguay. Hablamos con ella en Rompiendo moldes sobre el internacionalismo del arbitraje y otras cuestiones del área, como el dualismo y las garantías de independencia.

¿Cuál es su carta de presentación como abogada?

Hago lo imposible para que mis clientes no tengan disputas. Pero cuando no lo logro, detesto perder. ¡Me encanta ganar! Soy de la idea de que el éxito, en cualquiera de sus manifestaciones, es el producto de un gran esfuerzo. Soy sanamente obsesiva y, por tanto, no dejo nada en manos del azar.

Cada nuevo cliente, cada nuevo caso, genera una gran satisfacción por la confianza que se deposita en nosotros. Pero al mismo tiempo implican una nueva preocupación en mi cabeza, porque su problema pasó a ser el mío.  

Cuando mira atrás y hace una valoración de lo que ha andado hasta ahora en su carrera ¿qué experiencias y qué personas han tenido mayor impacto en lo personal y lo laboral?

Mis padres me inculcaron que siempre hay que dar lo mejor. FERRERE por su parte me definió como profesional. No sería la persona y abogada que soy hoy sin la cultura de la firma: pensar lejos, volar alto y romper paradigmas.

No pasa un día sin que le hable a mi equipo del ejemplo de Daniel Ferrere, un abogado fuera de serie. Un tipo que te atrapaba con su inteligencia, su capacidad para llegar a la esencia de los temas, su riquísima cultura general y su desparpajo. Soñaba, planificaba y ejecutaba a una velocidad de vértigo. De la nada, creó en muy pocos años el estudio más grande de Uruguay y además lo expandió fuera de nuestras fronteras.

Andrés Cerisola fue mi mentor y le estaré siempre agradecida por sus consejos y su infinita generosidad. Él me hizo soñar con Harvard y luego me ayudó a hacer ese sueño realidad. Los clientes también han sido muy importantes, ellos son los que con su reconocimiento consiguen que en el trabajo te valoren. 

Sandra González, Ferrere.

¿Qué impacto tuvo entonces la experiencia de Harvard en su desarrollo profesional y personal?

Siempre digo que es como un año suspendido en el tiempo. Fue una experiencia fantástica. Estamos hablando de hace ya 17 años, con lo cual, la diferencia era aún más grande. El acceso a las últimas tendencias jurídicas entre nuestros países y los países más desarrollados no se daba con tanta facilidad. Cuando me fui a Harvard, era un momento en el que en Uruguay no había una conexión a internet para todos los asociados. En ese contexto, la apertura de mente que la Universidad produjo en mí fue mucho más resonante de lo que podría ser hoy en día.

Un abogado no debe saber solo Derecho. No me parece que Harvard enseñe Derecho, es otro el enfoque. Los profesores preguntaban todo el tiempo y establecían mucho diálogo con los alumnos. Eso era muy poco frecuente en Uruguay, donde las clases eran clases magistrales y el profesor se paraba a hablar durante una hora o dos horas. Eso también produce una apertura en tu mente, por lo que te vuelves mucho más crítico.

El LL.M. también te muestra un mundo muy distinto. Personas con intereses diferentes, que han estudiado en distintos lugares y que se vuelven tu familia. Cuando estás fuera de casa y te enfermas, sobre todo en aquella época, no puedes ver a tu familia. Pero por entonces casi ni llamar, porque llamar por teléfono era muy caro. Se crean lazos muy fuertes y por suerte en mi caso duraderos.

De no haber sido abogada ¿Qué otra profesión cree que habría desempeñado con éxito y pasión?

Fui una curiosa empedernida del conocimiento en general. Antes no vivíamos saturados de información como ahora, así que devoraba cada libro, cada revista, del tema que fuera. Cada vez que alguien me preguntaba a qué me iba a dedicar, contestaba que no sabía porque no quería abandonar un conocimiento para especializarme en otro. En algún momento jugué seriamente con la idea de dedicarme a la historia que me resulta envolvente. Creo que cualquier camino emprendido lo habría abrazado con pasión. Dicho esto, no ha habido un día en el que me haya arrepentido de ser abogada.   

¿Qué es lo más satisfactorio y lo más frustrante de liderar el área de litigios y arbitrajes de FERRERE?

Mi área de trabajo es absolutamente fascinante. Exige a menudo inmiscuirse en áreas técnicas y  científicas para poder entender el núcleo de la disputa y estar en condiciones de interpretar y defender adecuadamente al cliente. Me siento muy cómoda en esa tarea porque satisfago la curiosidad que siempre me ha guiado.

Recuerdo con cierta nostalgia la época en que podía dedicarme por entero a un único caso. Me encantaba ver cómo esa dedicación total rendía sus frutos. Liderar un grupo, en cambio, supone dividir el tiempo en varios asuntos. No llamo a esto frustración, pero sin duda es un precio que se paga cuando se asume el liderazgo de un equipo. La clave está en delegar y, en ese sentido, tengo un equipo de gente formidable y totalmente confiable. Me siento muy afortunada y orgullosa de estar rodeada de personas inteligentes y, especialmente, esforzadas y apasionadas de su profesión.

Usted es miembro fundador del Capítulo Río de la Plata en el Club Español del Arbitraje (CEA). ¿Qué aportan desde su capítulo al CEA? ¿Podría hablarnos un poco de la importancia de desarrollar el arbitraje en lengua española y portuguesa a nivel internacional?

La estructura del CEA refleja lo que es el arbitraje en sí mismo, un fenómeno internacional, multicultural y riquísimo. Con pocas reglas escritas y mucho de práctica. Por eso cada capítulo nutre a los demás de sus experiencias y de sus realidades.

En este contexto, el arbitraje muchas veces no es ni siquiera en una sola lengua. Cada vez es más frecuente que haya un idioma dominante, pero que también se usen otros. Este es el producto de que haya más partes, árbitros y abogados que tienen distintos orígenes y manejan distintos idiomas, no solo inglés como ocurría mayoritariamente antes. El arbitraje no solo ha crecido sino que se ha descentralizado. Y eso está muy bien.

Cuando preparábamos la conferencia de la CCI que tiene ahora lugar en Miami, una de las premisas era que la audiencia geográfica ha cambiado mucho en los últimos años. Uno de los interrogantes era escoger el idioma en el que participaríamos en nuestro panel. Alguien propuso el inglés, por defecto. Una de las panelistas dijo no estar de acuerdo y se decidió incentivar a la gente a usar el idioma nativo, que es más representativo de lo que es el arbitraje hoy en día. Los árbitros hablan idiomas muy diferentes. Pasa mucho que todos terminamos hablando inglés, cuando las dos partes del arbitraje comparten como lengua materna el español.

La CEA está muy centrada en la imparcialidad e independencia de los árbitros como requisitos fundamentales para que el arbitraje funcione. En su opinión, ¿cuáles son los retos para que esta premisa se cumpla y desarrolle a largo plazo en la región?

Es un tema clave. Simplificando, hay dos posibilidades: seguir confiando en que los árbitros revelen todos los hechos que puedan comprometer su imparcialidad e independencia, para que sean las instituciones arbitrales y las partes las que juzguen si efectivamente lo hacen; o sumamos otras herramientas para que el sistema sea más transparente.

Confío en las personas, pero es útil y necesario incentivarlas a hacer lo correcto en situaciones de potenciales conflictos de interés. Se necesita más información independiente sobre los árbitros, por ejemplo sobre los casos en los que han sido nombrados por la misma parte o los mismos abogados o sobre sus recusaciones. Las instituciones arbitrales tienen un rol fundamental y me consta que están haciendo grandes esfuerzos en esta dirección. Con cuidado y sin que se llegue al desnudo público, con el que no estoy de acuerdo, es la dirección correcta. 

Usted ha participado en conferencias sobre al debate de la regulación monista frente a la dualista. La Doctora Adriana Zapato afirma que “El dualismo debe ser tenido como la expresión de un momento (…). Pero ni en el campo del arbitraje, ni en el del Derecho Internacional, el dualismo es deseable. El futuro dará prueba de las bondades, pero también de los problemas que suscita la solución dualista”. ¿Coincide usted con esta opinión?

Comparto que sí refleja un momento. Y pienso que es útil. En Uruguay, simplemente no hay por ahora condiciones para que haya una misma regulación. Tener dos es lo que ha permitido un desarrollo paralelo del arbitraje doméstico e internacional. Si nos hubiéramos empecinado en una discusión interminable para lograr la solución perfecta, probablemente no habrían avanzado ni el uno ni el otro. Como repetía Daniel Ferrere “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Es un proceso. Lo que no puede pasar es conformarse, por supuesto. Mientras haya perseverancia y se vaya avanzando lo más posible en el sentido correcto las estaciones intermedias no son un problema.    

¿En qué punto se encuentra el nivel de debate respecto a esta cuestión en Uruguay?

Francamente no es algo que se debata ampliamente en Uruguay.

En el marco de sus actividades a favor de la comunidad, usted está a cargo del programa de becas de FERRERE para que jóvenes de bajos ingresos puedan cursar estudios terciarios. ¿Podría darnos algunos datos a nivel cuantitativo y cualitativo de los resultados de este programa? ¿Trabajan en la firma algunos de estos jóvenes a día de hoy?

El programa de apoyo educativo de FERRERE es muy querido dentro de la firma. La firma se creó y creció bajo la premisa de que si uno tiene talento y ganas puede llegar donde quiera. Hace 20 años, cuando ingresé, éramos unas 20 personas, y hoy somos casi 1.000 en cuatro países. Daniel Ferrere y el resto de los socios se encargaron de darnos oportunidades a muchos, sin fijarse en nada más que nuestras capacidades personales. Se dice fácil hoy, pero no era nada común en esa época. Y un día nos dimos cuenta que quizás podíamos ayudar a otros de la misma forma, fuera de la firma, fondeando estudios a jóvenes de contextos no privilegiados. No lo limitamos ni a que estudiaran derecho ni luego tampoco a estudios terciarios. Las cartas que hemos recibido de jóvenes reconociendo a sus mentores son profundamente gratificantes. 

La ayuda económica es muy importante en estos programas, pero tanto o más son los mentores que acompañan a los jóvenes en sus procesos educativos.


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